La primera historia de la Historia

Vamos a hacer un viaje en el tiempo, al punto exacto donde se produjo un acontecimiento relevante para la humanidad: el momento en el que una persona contó por primera vez algo a otras personas.

En el taller de escritura más de una vez ha surgido esta cuestión: ¿Cuándo se contó la primera historia…? Retrocedamos unos cuantos miles de años.

Estamos en primavera, en algún lugar de África. Una mujer se ha separado del resto del grupo sin un motivo aparente, sólo por el gusto de explorar. Puede ser peligroso, pero menos aburrido que hacer siempre lo mismo. Sigue el curso del río, más allá de los límites que la tribu ha marcado como seguros. “¿Qué hay después?” se pregunta la mujer.

Tiene miedo y avanza con precaución, olfateando el aire en busca de una señal de alerta. Atardece, todo está en calma. Decide alejarse un poco del río: ahora oye el agua pero no la ve. Traga saliva y casi ha decidido volver bajo la protección del río cuando la mujer percibe en el aire algo diferente. Primero abre los ojos por la sorpresa: jamás había olido ese aroma antes. Luego los cierra y aislándose del entorno escucha con precisión el zumbido de los insectos, que le señalan de donde proviene el olor misterioso. Se le acelera el corazón, pero no corre: puede ser una trampa. El mundo está lleno de cosas que parecen buenas y luego son malas.

taller-escritura-en-malaga

Trepa por una colina y allí está: descubre un frondoso grupo de árboles, de los que penden frutos maravillosos. Observa a los insectos cómo entran y salen de ellos. Son rojos y redondos. Los tabúes de la tribu se le vienen a la cabeza. No es una fruta conocida, puede ser venenosa; debería de coger unas cuantas y dárselas a probar a los miembros mayores de la tribu. Es la ley. Es supervivencia. Pero sonríe. Algo tan rico no puede ser perjudicial.

Arranca con firmeza una del árbol y se la lleva a la boca. Mira en derredor: nadie la observa. Cuando la muerde, conoce el sabor de la fruta prohibida. Delicioso. Se la come despacio, paladeando su desconocida dulzura, sintiéndose más fuerte a cada bocado. Es una sensación maravillosa. Necesita compartirla.

Coge unas cuantas manzanas y vuelve con el grupo. Los demás, cuando la ven, se quedan atónitos. ¿Qué lleva Eva en su regazo? ¿De dónde viene? ¿Qué ha pasado?

Entonces, el cerebro de Eva —quizás por la fructosa— realiza nuevas conexiones. Sin saber muy bien cómo, ordena los acontecimientos que ha vivido en su mente y los recuerda a la perfección. Antes, nunca le había pasado, ni a ella ni a nadie. Percibe en el grupo por primera vez expectación: algo está cambiando también entre quienes la miran. Eva reparte las manzanas entre los miembros, que prueban la fruta. Mientras tanto, Eva les habla y ellos entienden. Gracias a su relato, conocen su aventura, el riesgo, el resultado. A partir de ahora, nada será igual en el grupo: el mundo nunca se acaba, el mundo es infinito y las palabras están ahí para transmitirlo y contarlo.

Artículo redactado por Augusto López, monitor de los talleres de Mitad Doble.

(Fotografía: detalle de fachada del Convento de la Aurora y Divina Providencia de las RR. MM. Dominicas, c/ Andrés Pérez, Málaga).

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Publicado el 9 diciembre, 2014 en Construcción de relatos, Curiosidades literarias y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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