“Las tres palabras” practica del Taller de iniciación en escritura creativa

Estamos orgullosos de nuestros alumnos, que desde el primer momento nos están demostrando unas enormes ganas. Y nosotros en nuestra maquiavela maestría creativa, les hemos puesto una practica. Ellos mismos se han puesto deberes, se han dado una serie de palabras para crear un relato.

El primer relato de Virginia Nielfa:

Es el momento más esperado del día, lo sé, porque es cuando ella se cambia de ropa para ir al parque. Me encanta pasear por la tarde cuando las primeras sombras emborronan la claridad, la hierba es más fresca y los aromas más nítidos.

Aún recuerdo el primer día que la vi, quedé fascinado por tanta belleza, ¡era radiante! Escuché que se referían a ella como la “Luna”, debía tratarse de una variedad de pizza con queso recién horneada. Caminé tras ella, pero era imposible alcanzarla. Algunas veces era ella, la que caprichosa, me seguía.

Un día la encontré casi rozando el tejado de uno de los áticos que acordonaban el parque y vi a Coco, que de puntillas trataba de alcanzarla. Su ladrido se hacía suplicante y más mi desesperación al comprobar que, por sus kilos, era incapaz de atraparla (Se puso algo fondón cuando decidieron caparlo).

Otro día, lucía como una fruta más de uno de los naranjos. Envidié la suerte del gato y su destreza. No hace falta decirles que aborrezco a los gatos. No sé porqué, es algo visceral y creo que yo a ellos tampoco les simpatizo. El felino trepó en un momento al árbol y se reía de mí, bufando sin parar.

Alguna vez la observé cómo se escondía tras los bloques y cómo parecía rozar la tierra, e incluso la vi caer para refrescarse en el mar. Recordaba entonces, la libertad de Yako, que todos los días paseaba sin nadie que lo guiase. Acudía al parque cuando le parecía y deambulaba por los barrios colindantes buscándose la vida. Si él hubiera visto la luna tan cerca, seguro que la habría conseguido. Era un gran líder.

Mi tarde más dichosa fue cuando vi dos pizzas de queso, una como siempre en la altura y la otra en un charco de agua. No sé quién pudo dejar tal manjar allí tirado, pero comprendí que era mi oportunidad. Me lancé todo lo veloz que pude para hacerme con ella, burlona, temblaba y desaparecía para volver a mostrarse en el mismo lugar. Desistí en mi empeño después de intentarlo largo rato.

Hubo una vez que la vi tan delgada como un gajo de mandarina y mi rabia fue incontenible. Seguro que Yako la pudo alcanzar y se comió el pedazo que faltaba.

Desde entonces, mis ojos miran el suelo con la esperanza de que haya algún charco y que algún día pueda degustar la pizza de queso más perfecta. Desde ese momento todos hablarán de Rony como nuevo líder y seguro que Karina, Telma y Sua se mueren por mis huesitos.

Esta historia está basada en personajes reales tratados con una buena dosis de ficción”.

El siguiente relato de Miguel Ángel García:

EL VISITANTE

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, la tan temida vista no se hizo esperar. El grave sonido de la aldaba se desvaneció entre los murmullos de la creciente oscuridad de la noche. El anciano enfermo, a duras penas, logró atravesar la lóbrega y solitaria mansión. Era un caballero, toda su vida lo había sido, y debía cumplir ahora con serenidad su último deber, la ineludible cita del Destino. No existía la posibilidad de marcha atrás.

En medio de un gran dolor, le invadió una ola de ternura al recordar, una vez más, su mágica infancia. Ahuyentó tales pensamientos, mientras una mano temblorosa acariciaba el pomo de la puerta entreabriéndola en un gesto que pretendía ser de valentía.

El esperado visitante, de inevitable traje blanco e inconfundible máscara blanca, tenía una estatura menor de lo deseado y una voz que resultó infantil:

– ¿Truco o trato?

Y el siguiente relato de Lola Gallego:

Estaban sentados cada uno en una mesa pequeñita, que en los restaurantes de moda de Madrid tienen previstas para un sólo comensal. Eran tan pequeñas que apenas cabía un plato. Y la camarera tenía que hacer malabares para colocar el segundo en la mesa cuando todavía no habías terminado de comer el primero.

Cada vez que levantaba la mirada se encontraba con sus ojos clavados en ella. Eran verdes, vivos y le sonreían de lejos. Salieron juntos por la puerta del restaurante con la complicidad en la sonrisa de dos amigos que se acaban de encontrar.

Amanecer con él después de pasar toda la tarde juntos, ocurrió de una forma tan natural que casi ni se dio cuenta. “Quiero volverte a ver”

Y casi sin darse cuenta también, tres días después, se vio sentada en un tren con el corazón palpitándole en la garganta. “¿El pelo suelto o me pongo la cinta roja?” Mirándose en el espejo del wáter le pareció mejor opción la cinta roja. No le gustaba cómo la peluquera el día anterior le había desfilado las puntas. Así que mejor disimularlas con la cinta. Y además, ella quería convertirse en la más bella cuando él la viera bajándose del tren. “Qué guapa estás”

No era una ciudad espléndida que quisiera conocer, a quien realmente quería conocer era a él. Pasear de su mano por una ciudad nueva ante sus ojos, le llenó de júbilo y de una emoción infantil. El recibió su entusiasmo y llenaba con la añoranza de un paraíso que nunca existió, las descripciones de rincones, plazas y edificios que sólo tenían el esplendor del amor incondicional de quien los describe.

“Venga, vamos a comer” Cogiéndola por la cintura le indicó un pequeño callejón que daba a una plaza recoleta. “Cuántos van a ser” preguntó una camarera con acento italiano.

Sentados uno frente al otro, en una sala decorada a imitación de un bistró francés, el camarero recitó los platos del día. Antes de los postres, ya estaban sentados juntos besándose apasionadamente sin reparar a su alrededor. Mientras el fue al servicio, ella se fijo en una pareja de chicos a su lado que estaban hablando vía Skype con la que ella, supuso, debía de ser la sobrina de alguno de ellos. Mientras sonreía por la divertida escena de la mesa vecina, no le pasó inadvertido cómo él cambió el gesto cuando volvió del servicio y clavó sus ojos en ella. “¿Qué pasa, les conoces?” Fue sólo un instante fugaz, pero pudo ver esa mueca que le palideció el rostro como si le hubieran puesto un velo de gasa blanca. Instintivamente ella vislumbró lo que posteriormente se convertiría en algo más feroz: celos, unos celos irracionales.

Ella, sin embargo, quiso pasar por alto esa señal y dos años más tarde se encuentra de nuevo en Madrid, comiendo en un restaurante de mesas pequeñitas para un solo comensal. Ausente. Cabizbaja. El cuerpo abandonado a la derrota de quien ha sobrevivido a una guerra. La atención fija en el plato que tiene delante y con el corazón todavía doliéndole en la garganta.

Y con miedo, mucho miedo de levantar la mirada y encontrarse con sus ojos clavados en ella.

 

Si quieres más información, nuestro Taller de iniciación de escritura creativa en la Librería Proteo

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Publicado el 9 octubre, 2015 en Textos de alumnas/os y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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