Radia, de Marga Dorao

crimen

RADIA

El exestudiante Rodión Romanovich Raskolnikov lleva más de una semana sin dormir. Aún recuerda con total claridad el momento en el que hendió el hacha en las carnes de Aliona Ivánovna. Viejas. Blandas. La hoja entró como un cuchillo en la mantequilla, Yelizabetha no hizo ruido pero sufrió el mismo destino. Todo huele a hierro. Febril, Raskolnikov, exestudiante de Derecho, sufre la suerte de una culpa que no creía destinada a él:

Soy un superhombre.

Pero no lo era. Nadie en sus cabales puede creerse un superhombre, un hombre extraordinario, tras asesinar a hachazos a una vieja usurera y pestilente que, después de muerta, no le parece al estudiante tan miserable, ni tan anciana, ni tan hedionda. Y a su hermana, la buena de Yelizabetha, víctima circunstancial de un crimen que recibiría su correspondiente castigo.

El exestudiante de Derecho no se considera ya digno de una carrera así. Qué Justicia podría aplicar él después de lo que ha hecho. Y para qué, se pregunta al final. Para sentirse tan tan abominable que no quiere nada de lo que ha robado, lo tiraré cuando sepa dónde, lo haré. Si Pulqueria le viera, si Dunia lo supiera. Si se lo contara a Sonia… Sonia le diría: entrégate. Y así fue, eso le dijo. Cuando por fin se decidió a contárselo; pero antes vinieron las fiebres y los días sin fin y las imprudencias y las impertinencias y el hablar más de la cuenta y las confesiones sardónicas a los cuatro vientos y los sudores fríos y las semanas bajo unas sábanas que si no apestaban era porque Raskolnikov había perdido el olfato. El gusto. Las ganas de sentir cosas. Buenas o malas.

Si la sociedad estuviera bien organizada no se cometerían crímenes, dicen los socialistas. Qué forma de justificar la mezquindad humana, como si no la lleváramos dentro, como si los ricos no fueran malvados también. Como si no se cometieran crímenes por motivos que nada tienen que ver con la sociedad, con las injusticias, como si no se matara en nombre del amor, de la religión, de locuras en definitiva, locuras no relacionadas con la estructura social. Dios mío, yo, que no rezo, yo que no creo, o no sé si creo ¿y si me encomiendo a ti? Ha sido una locura pero ha sido por amor a mi hermana y ¿eso se perdona, socialistas? ¿O eso no? Padre, perdóname porque he pecado. Claro, hijo, no era tu intención, descansa tranquilo, no has hecho nada malo, reza un poco anda, reza y sigue matando que yo te perdonaré siempre, estudiante, eres inteligente, no puedes tener maldad, los estudiantes no matan. Los superhombres no matan como los demás, como los hombres medios. Napoleón no era un criminal, los superhombres se saltan las leyes y las modifican y no son sus crímenes crímenes reales porque son superhombres, hombres extraordinarios y yo también, yo lo era. Lo fui, claro que lo fui, estudiante de Derecho, un hombre de ideas claras, inteligente, un hombre destinado a ser por encima de todo y de todos y por encima del porvenir y de las normas promulgadas por los hombres del pasado.

Raskolnikov se siente fuerte y a la vez repugnante. Su soberbia, -aunque no la manifestación pública de la misma-, se pliega más y más cada día cuando piensa en la vieja asesinada, en la hermana de la vieja asesinada, en Dunetchka que va a casarse con un hombre al que no ama para que él pueda seguir estudiando y cómo creerse un superhombre así. Radión es un desecho. Ve a confesarte, Radión, Radia, es lo mínimo. El cura no dirá nada de tu crimen. Y si lo hace siempre puedes matarle, ¿verdad? No es tan difícil, estudiante.

Entrégate, entrégate, Radia. Expiarás tus culpas en un campo de trabajo de Siberia, no es tan malo, el frío extremo calmará tu desasosiego y ya no tendrás miedo porque tu vida entera estará teñida por la vergüenza que no sientes y no tendrás nada que perder, y no hay mejor vida que la perdida enteramente, la podrás reconstruir algún día, qué alivio eso, mejor eso que seguir construyendo sobre estos cimientos ensangrentados y manchados de arrogancia.

O podrías ir, Radia, a uno de esos doctores que estudian el comportamiento humano, poco se sabe de eso aún, estudiante, pero tú sí lo sabes, verdad que sí porque tú lo sabes todo, que para algo estudias Derecho y matas viejas y elucubras sobre la legitimidad del crimen delante de filósofos, inspectores de policía, amigos y familiares deseando, en el fondo que todos sospechen de ti, que te atrapen, que te manden a Siberia que sólo allí todo se calmará, todo se quedará en blanco blanco y quizás Sonia te espere. Y quizás será mejor, sí, que me entregue. No me siento culpable. No lo soy. Sólo he derramado la sangre de un gusano pero expiaré esta culpa por los que me quieren.

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Publicado el 21 octubre, 2015 en Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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