La ciudad, de José Luis Rosas Guerrero

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Estoy sentado esperando en un cuchitril de mesas y sillas desavenidas, con un suelo lleno de colillas, papeles, serrín y vaya a saber que más, con un par de ventiladores de techo sin encender y con cuadros en las paredes que son páginas de revistas desvaídas por el tiempo y enmarcadas con vidrios, que al igual que el espejo de la barra desconchado en sus extremos y manchas amarillentas, están sucios de polvo y grasa y cagadas de moscas, el olor a carne de cordero impregna todo, junto al olor dulzón de la hierbabuena caliente dentro de los vasos de un té excesivamente dulce, que prepara indolente el muchacho de la barra.

Ubicado casi al lado del hotel, fue fácil llegar aquí, los guardianes de la agencia de viajes listos para protegernos de agresiones o robos, a esta hora deben estar dormidos. Suponen que los occidentales siempre nos levantamos tarde. Cuando se levanten todos, ya estaré allí. Ayer cuando hablé por teléfono con Akrim, me citó en este café donde no sirven café, así que hay un té casi intacto delante mio dejando escapar sus volutas de vapor. Fuera el clima está fresco, más tarde, el calor arrasará.

Entra un hombre joven y busca alrededor entre los escasos clientes sentados, me detecta de inmediato, pese a que no me he rasurado y tengo puesta una camisa anodina y barata que compré ayer en el Zoco. Se sienta frente a mí.

¿Eres Antonio? ━Más que pregunta es una aseveración, ignora mi gesto al invitarle con la mano el vaso de té. Me alarga una chaqueta imitación cuero marrón. ━Póntela. ━Por eso me preguntó mi talla, me la pongo, un fuerte olor a sobaco me llena la nariz. ━Es prestada, después me la devuelves. ¿Has pagado? ━Asiento. ━Vamos. ━Se levanta y sin volver la vista atrás se dirige hacia la puerta, yo lo sigo.

Caminamos uno al lado de otro, me viene a la cabeza la imagen china de dos hombres vestidos con batolas caminando tomados de la mano. Como si hubiera pensado en voz alta, en ese momento me sobresalta la voz de Akrim.

¿Quién te habló de esto y te dio mi teléfono? ━Lo dice sin mirarme,

Me lo dio Sergio, que es amigo de tu padre. ━No parece importarle mi respuesta. Avanza a grandes zancadas, que puedo seguir porque soy alto, Pero estoy falto de ritmo y la chaqueta me hace sudar y me pica la cara sin rasurar. Estamos caminando por callejones con edificios que parecen inclinarse unos sobre otros, hay ropa tendida sobre cuerdas que penden de calle a calle, no sé que pisan mis pies calzados con botas, pero siento humedad y algunas cosas que al pisar parecen ceder, nada de eso incomoda a Akrim, que parece caminar sobre ellas como si estuviera en la Gran Vía de Madrid. Doblamos y ahora vamos por una especie de túnel ascendente formado por las casas que tienen habitaciones sobre la calle. Al fondo de este camino empinado se ve el cielo, desembocamos en una plaza grande, llena de vehículos viejos, coches, motos, carros hechos de manera artesanal, de madera con ruedas de bicicletas o de las ruedas de desecho que consigan, es una plaza de polvo, no hay nada verde, unas cuadrículas donde se supone tendrían que haber unos parterres y flores o árboles, están ocupados por bultos tapados que dibujan la silueta de los que supongo son los guardianes dormidos de las decenas de carros que aparcados por toda la plaza suplantan a la vegetación. Los chillidos quejumbrosos de las gaviotas volando en este cielo que se aclara le muestran el camino a mi vista, para ver en todo su esplendor el mar atlántico más allá de las murallas. Me vuelve a sorprender la voz de Akrim.

Falta muy poco, en lo que lleguemos y al entrar, quítate los zapatos y acepta el té que te ofrecen y lo tomas de un sorbo. Ël te dará la bienvenida y ya le podrás decir lo que quieres. ¿Has entendido? ━Hago si con la cabeza. Como para no haber entendido. En todo el camino no hay nadie.

Desembocamos desde la plaza en una calle con la calzada mas amplia y limpia, no hay aceras, es como si fuera una sola y larguísima pared a lado y lado, donde las puertas de colores desteñidos por el sol, semejan cicatrices, casi todas tienen sobre ellas una lucerna pequeña enrejada de celosía, paramos más o menos a la mitad de la calle, Akrim, mira a ambos lados y da tres golpes, nos estaban esperando, porque de inmediato se abre la puerta y sin poder ver quien está detrás de la puerta abierta entramos.

Lo primero que me impresiona es el amplio zaguán, muchas macetas con plantas de flores multicolores, una pequeña fuente deja oír su rumor, al entrar al patio veo de donde mana el agua que se desliza por una canaleta hábilmente construida con desniveles para que después de circular regrese a la fuente, la puerta de la casa, finamente tallada, sin tocar, se abre silenciosamente para dejarnos pasar, nos descalzamos y una muchacha de tez muy blanca, bajo la vestimenta que la cubre, me calza unas babuchas.

Un hombre muy viejo, me recibe con los brazos abiertos viste una chilaba blanca, en los pies calza unas babuchas parecidas a las mías, me abraza y me dice en un perfecto español, que su casa es mi casa, me invita a sentarme, en esos muebles marroquies angostos, duros, pegados a las paredes, otra silenciosa muchacha, esta morena, deja una bandeja con una tetera y unas preciosas tacitas sin asa y unos dulces sobre la ornada mesa de centro. El patriarca me sirve y bebemos el té e iniciamos una charla, busca en sus preguntas lugares y algún conocido común, en el ambiente, ahora lo noto, hay un olor vegetal muy intenso, un polvo tenue, que va invadiendo el cuerpo y los sentidos, mezcla de olores que engañan al olfato que no sabe por la inexperiencia discernir.

Luego de un buen rato de charla y explicaciones llegamos a un consenso, me dice que lo acompañe a mostrarme el producto y explica por qué es el mejor proveedor de Marruecos, nos levantamos, tengo un ligero calambre, por el caminar hasta aquí y el estar sentado sobre esos duros muebles, lo disimulo.

Pasamos a un amplio y fresco despacho, donde el olor de las especies parece que te impregna hasta la última célula de tu cuerpo, él con la mano abierta me lo muestra,

¿Tiene alguna preferencia sobre la mezcla? ━Pregunta casi con humildad.

Usted es el maestro del Raz-al-Hanout. Disponga usted lo que considere. Como le dije con dos kilos me basta. ━Parece muy complacido con mi respuesta y tomando el plato de la romana y una pequeña pala de madera va moviéndose ágil entre las montañas de especias y toma un poco aquí, un pellizco allá, piensa y otro poco de ese, mientras él ejecuta su ballet, escucho el sonido amortiguado del cuarto contiguo, el crujido de la molienda de las especies en antiguas máquinas manuales y otra muchacha, ¿Cuantas hay? Va rellenando los pináculos de casi un metro de altura con canela, clavo, anís, cardamomo, comino y vaya a saber cuantas especias más. Finalmente y satisfecho, el maestro pesa la mezcla, que previamente ha aventado, sin que se caiga un gramo y la reparte en cuatro bolsas, para que no pierdan su potencia mientras esperan su turno de ser consumidas. Pago el precio acordado y vuelve a aparecer la muchacha de tez blanca y me cambia las babuchas por mis botas brillantes recién lustradas, Le entrego a ella la chaqueta.

El maestro abre una puerta y entran la claridad, el calor, el bullicio y la vida por ella, estamos en el Zoco, repleto ya a esta hora temprana de gente, comparadores y vendedores. Yo no lo sabía me desorientó la caminata. Me despido del maestro.

Akrim, me está esperando junto a una trepidante moto, conducida como me explica por un primo de él quien me llevará al hotel, rechaza mi intención de darle una propina, habla en su lengua con el primo y monto detrás. No hay cascos protectores.

El viaje es una aventura, entre esquivar coches y personas que cruzan por cualquier lado de la calle, bocinazos, frenazos y mucho bullicio, Los modernos edificios hacen que Tánger sea una ciudad de contrastes y coincidan fraternalmente lo antiguo y lo moderno.

Llegamos al hotel y trato de dar las gracias a mi motorista que apenas me deja bajar y ya se aleja veloz sorteando al borde de la muerte el tráfico. Con mi paquete en mano, miro el reloj, sólo ha pasado hora y media desde que salí del hotel, cuya puerta cruzo y me saluda el asombrado recepcionista con un Salam Sahidi Le contesto con un escueto Salam.

Subo a la habitación, ella sigue dormida, una pierna desnuda se muestra escapada de la cobija, me desnudo de mi ropa sudorosa, tiro la camisa al cubo y entro al baño a ducharme y rasurarme.

Lo contenta que se pondrá cuando despierte y encuentre mi regalo, su tan querido y extrañado Raz- al- Hanout. Mientras el agua caliente recorre mi cuerpo, recuerdo que con la emoción me olvidé de decirle Shukram a ninguno; al maestro, a Akrim, a las muchachas. Ya no importa Leyla, sí me las dará.

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Publicado el 11 noviembre, 2015 en Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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