El gato maúlla, de Carmen Ventura

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El gato maúlla porque siempre llega demasiado tarde a la llamada de la anciana. Pretende llamar así la atención de la que una vez fue SU ama. SU, así, con mayúsculas, subrayado y negrita.

Aún recuerda cuando era el único, el preferido, el privilegiado que podía pasar a la casa; tardes de sofá y caricias, cobijado del inclemente clima que día tras día, mermaba la numerosa comunidad gatuna de la zona.

Pero poco a poco, esa atención exclusiva ha ido diluyéndose cual cucharilla de sal en un vaso de agua… no desaparece, pero acaba deshaciéndose hasta que sus componentes, esos pequeños átomos de sodio y cloro quedan incorporados en el agua, el disolvente por excelencia. Y a esta disolución, ávida aún de más elementos que incorporar, siguen llegando otros. Un angora, que a pesar de tener la fidelidad escrita en sus genes, se escapó de unos dueños con tendencias sádicas; el siamés al que le gusta ampliar su radio de acción y a quién los guisos de la anciana deben parecerle más apetitosos que la comida enlatada; un par de cachorros, tan entrañables en sus aún torpes movimientos. Todos con más encantos que este pobre gato callejero, cuyos intentos por atraer la atención de la anciana no consiguen ya sino lo contrario. Ese maullido más largo y pronunciado, en el que pone todo su sentimiento y cariño, las acrobacias por las estanterías de la casa, esos saltos sobre la colcha de la cama, … logros antes celebrados con arrumacos y a veces una sardina, ahora son ignorados cuando no reprendidos con golpes en el lomo con el plumero.

Ya no se siente parte de la vida de esta señora. Se siente solo a su lado.

Pero esto no puede quedar así. Él no es de los de: “Try again. Fail again. Fail better.” Que por lo visto dijo un tal Samuel Beckett. Él no puede quedarse parado, inane, mirando cómo otros le arrebatan lo que es suyo. No puede consentir ese atropello.

Por su mente pasa la idea de convertir a la anciana en comida para gatos, ya vió una vez cómo se hace… podrían comer todos varios días; ni el elegante persa se resistiría al olor de la sangre fresca.

Para ello empieza a adiestrar a un par de jóvenes miembros de la pandilla, irrespetuosos e impetuosos, características propias de la adolescencia y muy útiles en la tarea en la que se embarcan.

Decide que la noche será un buen momento; tras la cena la anciana suele quedarse dormida viendo el late show de turno antes de irse a la cama. Lo tiene todo pensado, sí, será esa misma noche.

Aprovechando un descuido de la anciana tras sacarles las sobras, empieza a organizar la entrada de los elegidos al salón. Observa no sin cierta satisfacción, que todos toman las precauciones indicadas para que su presencia no sea descubierta. Mientras ayuda a los últimos componentes de tan diabólica comitiva a introducirse en la sala, nota que la anciana está especialmente silenciosa. Hoy no ronca como acostumbra.

Cerrando la comitiva, se dispone a saltar, cuando se escurre la ventana (maldita seas anciana olvidadiza! Esa ventana lleva rota años) y antes de que se dé cuenta y sin sentir apenas nada, nota cómo su cabeza se ha hecho liviana y rueda por el suelo, dejando el resto del cuerpo al otro lado del marco. En ese último instante de consciencia, repara en que aún tiene una última vida que usar. No será aún su final.

Como las otras veces, el cambio no se hace esperar. Empieza a ser consciente de su nueva naturaleza corpórea. Nota pesadez y molestias en lo que supone son sus nuevas extremidades. Abre los ojos y poco a poco su nueva realidad se va materializando. Una realidad algo empañada, parece que ha vuelto a la vida en un animal con una agudeza visual inferior a la gatuna. A pesar de esto, el escenario que empieza a cobrar vida a su alrededor no le es del todo desconocido… ese sofá, esa manta, la labor de calceta… algo le dice que él ha visto antes esas cosas, esa habitación. Es entonces cuando siente algo sobre él, algo que se mueve… consigue aclarar la vista justo a tiempo para ver que sus compañeros gatos se acercan, todos a la vez… esperad, chicos, por qué estáis sacando las garras? Soy yo… esperad, esperad!

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Publicado el 13 noviembre, 2015 en Blog, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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