Como muñecas de papel, de Mª Jesús Ríder

Martina en exposición de Salva (3)

He vuelto ilusionada a mi ciudad, a la casa de mis padres, donde mi infancia se embriagó  de sueños que me hicieron feliz. Recorro la casa con añoranza y me apresuro al desván.

Sorteo muebles antiguos, cachivaches que despiertan mi curiosidad. Libros de texto, cuentos y un tiovivo dentro de una bola de cristal. La vuelco, una capa de nieve lo envuelve. Siento, como antes, un soplo de esa magia que veía tras su cristal. Un caballo de balancín,  una cuna de madera, un cochecito de bebé y al fondo, encima de un estante, ¡la caja de cartón! La cojo impaciente. Soplo sobre su tapa para desempolvarla y con ella también mi memoria.

Aquel día fui a visitar a mi abuela. Al despedirme, me dio un beso y una moneda. Cómprate alguna chuchería. me dijo. Pero me hacía más ilusión comprar muñecas recortables de papel. Tan bonitas, coquetas y cambiantes, que me arrebataban de mi mundo para absorberme en el suyo durante horas. Primero las recortaba a ellas, con delicada ropa interior, de una de las esquinas donde venían dibujadas. Despacio. Las tijeras no debían sobrepasar la línea que marcaba el límite de la encarnadura de aquel cuerpo que ya comenzaba a tener vida. Después, minuciosamente, cada uno de los vestidos, zapatos, gorros y bolsos, cuidando de incluir sus pestañas. Luego, embelesada con los nuevos modelitos, la convertía en la protagonista de mis sueños, en los que yo era una de ellas y la realidad se diluía para dar cabida a un cuento mágico que me convertía unas veces en elegante dama, en coqueta y moderna señorita, o la mejor de las veces, en la divertida y atrevida chica dispuesta a descubrir  mundo. La ensoñación era tan real que creía percibir el susurro de sus voces y hasta el latido de sus corazones, tan vulnerables como aquel papel. Me fascinaba  su sonrisa, su fragilidad. Los minutos pasaban a la velocidad del rayo, inventando lugares, historias y situaciones en las que intentaba satisfacer  sus ambiciones y deseos más secretos, que yo guardaba celosamente. Luego sentía el vértigo de aquellas vidas que había creado y de las que me sentía responsable. Creía intuir sus limitaciones, o tal vez mis miedos. Entonces las guardaba en la caja de cartón. Quería pensar que tras sus paredes estaríamos a salvo de monstruos devoradores de papel.

Recordé el quiosco. En el mostrador, la quiosquera me mostraba varias hojas con diferentes muñecas. A mi lado otra mano, tan pequeña como la mía, me señaló una de ellas. Esa. Yo miré a aquella niña churreteada de mocos, con el vestido lleno de lamparones y el pelo desgreñado, que no la podía comprar.

Me ayudó a recortarla y esa tarde le hice creer a Natalia, así se llamaba, que junto a ellas podría inventar una vida que la hiciera feliz. El juego puso ojos, boca, piernas e indumentaria a sus sueños, que se alzaban rozando ese vértigo que me hacía temblar. Entonces me dispuse a guardarla con las otras en la caja de cartón: Tienes muchas, pero esta es especial. Ven  otro día a jugar con ella. Asintió con la cabeza. Su semblante cambió. ¿Te gusta mucho, verdad?, toma, para ti.

Su sonrisa se fundió con la de aquella muñeca. Se alejó en dirección a la playa, con un alegre paso, interrumpido de cuando en cuando por saltitos a pata coja. Su figura diluida en la bruma del atardecer. En la distancia creí haberle dicho: No te olvides de la caja de cartón. Y me pareció oír el retorno de su voz: lo hareeé, o tal vez, ¿con quién jugareeeé?

Natalia nunca más asomó a mi vida. Oí a los mayores decir que a su madre la echaron del barrio por puta. Yo crecí, me fui a estudiar fuera y mis anhelos evolucionaron a la par de mi realidad. Aquellas muñecas, dentro de su caja de cartón, vinieron a parar a este desván cubierto de polvo y telarañas, pero a salvo de monstruos. No sé si era yo quien las protegía o las rejas de esta casa de estilo francés.

Me dirijo a la playa. Está anocheciendo. Las olas golpean fuerte contra el espigón. Migajas de agua acaricia mi cara.

Próximo al lugar donde vivía Natalia, apostadas junto a las farolas, hay varias chicas con la misma sonrisa de mis muñecas. Llevan minifaldas, que parecen más bien un amplio cinturón; cortos y descotados jerséis que dejan al descubierto sus ombligos y la mitad de sus pechos; medias con sensuales ligeros y botas a media pierna. El rostro cargado de maquillaje. Una de ellas se acerca a un tipo y le dice: ¿Quieres jugar conmigo?, puedo ser tu muñeca especial. Sé que es muy difícil, pero su boca y la mirada me recuerdan a Natalia. ¿Cómo estará? Olvidé decirle que los monstruos no solo devoran muñecas de papel.

(ilustración de Salvador Lavado)

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Publicado el 27 noviembre, 2015 en Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. José Luis Rosas

    Muñecas recortables de papel en cajas de cartón. Me gusta .

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