El valor de una sonrisa, de Paco Vicario

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Andrés, un andaluz natural de Adra, ejercía como funcionario de Correos en una preciosa localidad, Viella. Hacía veinte años que aprobó las oposiciones al Cuerpo de Correos, habiendo tenido diferentes destinos, la mayoría de ellos en Andalucía. El horario de trabajo le permitía tener las tardes libres, en las que se dedicaba a cultivar dos de sus aficiones preferidas: la fotografía y especialmente la lectura. Era frecuente verlo en la Biblioteca Municipal todas las tardes, con un ejemplar entre sus manos y disfrutando con la lectura.

En una etapa anterior de su vida estuvo saliendo durante dos años con una mujer algo mayor que él, y entre sus planes, dado que tenía un trabajo fijo, estaba el formar una familia. Su pareja vivía en una localidad que apenas distaba cinco kilómetros de donde residía Andrés. Un día Luisa cogió el autobús para ir a verlo, con tan mala suerte que el vehículo se salió de la carretera y fue a caer a un barranco bastante profundo. Las consecuencias de aquel accidente dejó abatido a Andrés y los planes de boda y de formar una familia quedaron hecho añicos.

Los días posteriores a la muerte de Luisa, Andrés dejó de ir a la biblioteca y no volvió a coger su cámara de fotos; pero, en ocasiones, el ser humano reacciona a tiempo, como intentando sobrevivir.

En este sentido, Andrés tenía necesidad de dar un giro brusco en su rutina diaria, por lo que solicitó a la dirección de Correos el cambio de destino, argumentando la necesidad de la misma. La dirección estimó la petición que le hizo un empleado que había desarrollado durante un buen número de años su tarea de una manera eficaz. Andrés aprovecharía los quince días de vacaciones para trasladarse a su nuevo destino, Viella.

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Situada a 974 m de altitud, Viella era la capital de la comarca Valle de Arán, en plenos Pirineos, a orillas del río Garona. Este fue el primer viaje que hizo cuando conoció a Luisa, habiendo compartido multitud de vivencias, encontrándose muy a gusto en aquel entorno. Aun valorando los posibles recuerdos que podían venirle a la memoria de su relación anterior, siguió pensando en que era el lugar idóneo para desconectar de donde había vivido buena parte de su vida.

Viella le recibió con lluvia, siendo algo habitual en aquellas tierras en las que no era raro encontrarnos con algunos chaparrones en pleno verano. Tenía previsto alojarse en un hotel, con el fin de buscar una vivienda de alquiler de una forma más pausada. El enclave del alojamiento le permitía divisar de cerca el río Garona y sus alrededores, que presentaban una belleza espectacular. Sin duda, Andrés había acertado en elegir destino.

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Cerca del hotel había una Biblioteca Municipal y pensó que podía ser el momento de retomar su hábito lector. Andrés se sentía atraído por el ambiente que se creaba en las bibliotecas, el silencio y el verse rodeado de libros. Cada tarde después de almorzar y de descansar un rato en el hotel, se desplazaba a la biblioteca. Allí encontró un sitio algo apartado, junto a un ventanal que le permitía recibir la luz de la tarde hasta que se ponía el sol.

Como es habitual hay personas que frecuentan la biblioteca en los diferentes horarios, también en el que él solía ir. Siempre se sentaba a su lado una mujer algo más joven, tendiendo a colocarse en uno de los lugares más apartados de la biblioteca, como si huyera de los que allí estaban. El hecho se repetía todas las tardes, comprobando Andrés que esta persona no mantenía diálogo alguno con ninguno de los que allí estaban.

De vez en cuando Andrés levantaba la mirada y la observaba, habiendo algo que le atraía de la joven. Alguna ocasión coincidió que ella lo miró y rápidamente volvió a su quehacer lector, como con miedo a que él pudiera hablarle.

Un día, intrigado por el proceder de esta mujer, se dirigió a ella con el fin de entablar una conversación. Sin mediar palabra se levantó con premura y salió precipitadamente de la biblioteca. Esta situación dejó a Andrés un tanto preocupado; ya que él había sido correcto en todo momento y no era un desconocido para la joven, a la que veía habitualmente en la misma mesa de la biblioteca.

A la semana siguiente ella no apareció, situación que dio que pensar a Andrés. El sábado decidió salir a correr por un parque que había conocido nada más llegar a aquella localidad, por la que se sentía cada día más atraído. Cual fue su sorpresa, que vio a lo lejos una joven cuya cara le era familiar, ¡era la chica de la biblioteca que había sacado a pasear a su perro! Recordando lo sucedido no quiso entablar conversación con ella, solamente pasó a su lado corriendo, sin prestarle atención. Vio como la chica se giraba cuando él ya la había sobrepasado.

El lunes al llegar a la biblioteca vio como la joven ocupaba su lugar habitual, sentándose Andrés un poco más apartado de ella. Una de las veces que el levantó su mirada del libro vio como ella esbozaba una tímida sonrisa.

Andrés esa tarde había llegado a un punto muy interesante de la novela, solía pasarle algunas veces que no podía controlar las emociones y sus mejillas se humedecieron nuevamente. Luisa se dio cuenta de esta situación y no pudo permanecer en su asiento, dirigiéndose hacia donde estaba Andrés; tras un escueto hola, le preguntó por el título del libro que estaba leyendo, a lo que él respondió: “El jinete del silencio”. A partir de este momento la relación entre Andrés y Luisa cambió, sin duda esa reacción de Andrés cuando leía y el propio libro hizo que la coraza que tenía Luisa se ablandara lo suficiente para vislumbrar algunos de sus sentimientos. Coincidiendo con la hora del cierre de la biblioteca salieron juntos y dieron un paseo de vuelta a casa.

Andrés no tuvo reparo en contar a Luisa las razones de su presencia en Viella. Ella permanecía atenta a lo que le decía y había una buena dosis de comprensión en su mirada. Se ofreció para enseñarle Viella, que a pesar de ser una pequeña localidad tenía multitud de lugares con encanto. Sin duda, Luisa sería una buena guía.

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Para el fin de semana Andrés le propuso conocer algunos lugares significativos del Valle de Arán. Ella le dijo que sería interesante visitar Baqueira Beret, dado que era verano, no tuvieron problemas en desplazarse por la zona sin el inconveniente de la nieve. Los fines de semana siguientes visitaron: Bossost, Escunhau, la Cascada Uelhs deth Joéu y muchos lugares más.

Sin duda Andrés se dio cuenta que Luisa era una persona muy especial, con muchas cualidades y valores que distaban mucho de aquellos que él estaba acostumbrado a percibir en su quehacer diario. Al igual que Yago, el protagonista de la novela que estaba terminando, Luisa presentaba esa riqueza interior, que maravillaba a Andrés.

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Con el paso de los meses se fraguó una hermosa amistad entre ambos y era habitual que Andrés fuera invitado por los padres de Luisa a almorzar los viernes, cuando terminaba su jornada laboral. Pronto advirtieron que era una persona que encajaba con la personalidad de su hija, y que tenía unos valores, lejanos del interés y del aprovechamiento.

Viella estaba haciendo huella en Andrés. En su tercer año, conoció a una compañera que casualmente había pedido cambio de destino, tal y como él había hecho. Transcurridos unos meses, decidieron compartir una vivienda y avanzar en lo que podía ser una auténtica relación de pareja. Pasaron dos años y decidieron formalizarlo en una ceremonia civil, en la que Luisa fue la madrina.

Durante todo ese tiempo, era habitual ver a Andrés y su pareja en la casa de Luisa, los viernes a la hora de almorzar. Nunca pudo imaginar el verdadero valor de la sonrisa que Luisa esbozó en aquella biblioteca.

Francisco Gª Vicario

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Publicado el 10 diciembre, 2015 en Blog, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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