Fobias, de Daniel Henares

sala de espera

Todo por un pinchazo. Y ahora estoy aquí, en esta sala decrépita, sosteniendo una revista del corazón que anuncia la boda de un famoso fallecido hace años. Mirando como parpadea la luz del techo y esperando con ansia que me llamen. Y todo por un pinchazo. Si hubiera sido culpa mía al menos, pero no. La culpa fue de mi peluquero que me arrastró para siempre a una vida de desdicha y desgracia. Puede que no me crean pero ya me da igual, siempre es lo mismo. Mientras miro la revista amarillenta veo en la foto de portada, en una esquina, las antiguas farolas que había antes, las de hace veinte años. Recuerdo que había una igual donde ocurrió todo.

En aquel entonces yo era un joven lleno de ilusiones, tenía una entrevista de trabajo esa mañana, así que fui temprano a mi peluquero, ya que había sacado cita previamente. Llegué y estaba cerrado, después de un rato esperando el quiosquero de al lado me dijo que el peluquero había tenido un pinchazo de camino y que no podía venir. Realmente fastidiado pensé alternativas. Y entonces tomé la decisión que cambió mi vida para siempre: ir a la peluquería del barrio de al lado.

Cuando llegué había una rubia pelando a un tipo con bigote, ya estaba terminando así que le pregunté.

-Buenas, querría pelarme ¿hay mucha cola?

La mujer era tan alta como yo, me miró y dijo:

-Termino con este hombre, falta otro que está por venir y ya vas tú.

Valorando mis opciones decidí sentarme y pelarme allí ya que la entrevista podía darla por perdida. Me fijé que la peluquera, que llevaba un nombre bordado en el pecho: Luisa. No dejaba ni un momento de vigilar a un comercial del PTW que había en la acera de enfrente, el cual hablaba sonriente con una morena de aspecto despampanante. Aburrido decidí leer un poco, saqué una novela, crimen y castigo, y me puse a leer un rato.

Pero al momento la peluquera sacó su móvil y marcó rápidamente un número, colocó con pericia el móvil entre su oreja y el hombro y siguió pelando como si nada.

-Oye, fresco, como te vuelva a ver enredar con otra te juro que vaya, te parto la mesa del PTW en la cabeza. Y no me pongas excusas, le tomas los datos sin mirarle el escote ¿o es que tiene el DNI tatuado ahí? Bueno, no me interrumpas que estoy trabajando. Adiós. Te estoy vigilando.

Estaba hablando con el tipo de enfrente. Guardé mi novela, ya que el ambiente estaba para leer poco y saqué los cascos y el móvil. En ese momento llegó un tipo chino y el del PTW casi se cae de espaldas, no entendí por qué hasta que vi cómo le sonreía Luisa.

-¿Es usted Yao Ting Ting?
– Sí, soy yo.

-Estupendo, estupendo. Por favor siéntese, póngase cómodo. –La peluquera me miró y me dijo que le hiciera sitio, el local era minúsculo. Mientras tanto el tipo del PTW no paraba de mirar hacia nosotros visiblemente alterado.

Entonces pensé en soltar alguna excusa e irme, sin embargo pensé que ya que estaba allí aprovecharía para pelarme. Las dos peores decisiones de mi vida, entrar en aquel lugar y no irme cuando aún podía.

Luisa se ofreció a lavarle al chino el pelo gratis, con lo cual Ting Ting estuvo completamente de acuerdo. Justo cuando abría el grifo sonó el teléfono de la peluquera, que lo sostuvo ante sí y lo miró con asco, después miró al tipo del PTW y respondió.

-¿Qué quieres? – Dijo y luego estuvo escuchando unos segundos, en los que su rostro iba gradualmente adoptando una expresión más iracunda, no sé qué le diría el tipo de enfrente, pero de repente se puso pálida y pareció calmarse totalmente. Despacio y con frialdad dijo lo siguiente:

-Olvídame Roberto, te dejo, anda y vete a montar tu hotelito con tu puñetera madre. Hemos acabado, no vuelvas a hablarme. Fin de la historia.

Y colgó. Lógicamente miré al tipo del PTW que guardo el móvil muy lentamente, sacó algo de su mochila y lo guardó en la chaqueta, después se acercó poco a poco a la peluquería. Luisa ni le miró, yo sabía que la cosa se estaba poniendo fea y empecé a ponerme nervioso. Cuando decidí irme el tal Roberto ya estaba en la puerta. Sacó una pistola y apuntó al chino, después a Luisa y fue cambiando de objetivo como si no se decidiera.

Quedé totalmente paralizado y agarrotado. Entonces todo pasó muy rápido, tanto que apenas sé bien qué ocurrió. Luisa empezó a gritar y el chino también, diciendo cosas en su idioma. Roberto en vez de disparar le lanzó la pistola al chino, pero con tan mala puntería que salió disparada hacia el techo. Escuché un crujido y mientras miraba la salida, que ahora estaba libre, perdí la consciencia.

Cuando salí del coma, cinco meses después, supe que la pistola era de bolitas y se usaba para el Air Soft, aun así pesaba lo suficiente como para descolgar la lámpara metálica del techo que me cayó de plano en la nuca. También me dijeron que al final el único que se libró fue Roberto, ya que lo que usó no era un arma de verdad y solo pagó una multa. El pobre Ting Ting fue enviado a su país ya que no tenía papeles y Luisa directa a la cárcel ya que encontraron un alijo en el baño de la peluquería y además le echaron la culpa de mi accidente ya que la lámpara estaba medio suelta y no cumplía la normativa.

Con respecto a mí, cuando salí del coma me esperaba más de un año de rehabilitación hasta que pude moverme con normalidad de nuevo. Pero lo peor sin duda fue mi fobia a las peluquerías y a todos los artículos de estética. Según me explicaron los médicos se estableció un vínculo en mi mente entre el trauma del coma y el incidente en la peluquería. Tienen que sedarme para cortarme el pelo y cuando voy por la calle llevo el GPS del móvil siempre funcionando para no cruzarme con ningún local de ese tipo. Antes de la evolución actual de los móviles por error me encontré con una barbería de frente y tuve un terrible ataque de pánico. Casi no lo cuento.

Puede parecer absurdo pero este tipo de fobia limita mucho la vida. Es un problema grave. Aún recuerdo la respuesta que me dio el psicólogo al que me mandaron. “Alégrese hombre, ha descubierto una fobia nueva, igual le ponen su nombre y piense en que va a dar trabajo a más psiquiatras en el futuro”. Un tipo realmente gracioso. Ya han pasado casi veinte años y aún no puedo hacer una vida normal. Por eso vine aquí.

Aún sigo esperando que me llamen, en esta sala que cada vez parece más vieja y descuidada. Espero que pueda encontrar gente que me comprenda y comparta mi problema, o al menos algo parecido. Sigo mirando la puerta, cada vez más impaciente cuando esta se abre y un hombre me mira y pregunta.

-¿Señor Julián Huervas?
-Sí, soy yo.
-Le doy la bienvenida a la asociación de afectados por fobias raras, por favor sígame.

Me levanto y le sigo y no dejo de preguntarme si habré hecho bien en ir. Sin embargo la cuestión se responde negativamente en unos instantes, nada más entro en la sala. Han pasado muchos años pero recuerdo perfectamente la voz chillona de Luisa. Justo cuando entro está terminando de hablar.

-Por eso estoy aquí,- dice- desde aquel día cuando veo un chino me da un ataque de nervios. –Me fijo en ella, está muy envejecida y parece emocionalmente hundida. – Así que he venido por si alguien puede ayudarme.- Dice y a continuación rompe a llorar.

Y entonces empiezo a ver las cosas desde un punto de vista diferente. Y soy consciente de algunas cosas que habían permanecido ocultas siempre. Más relajado ahora sí me alegro de haber ido, me acerco a Luisa, que no me reconoce, y la abrazo con toda mi ternura.

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Publicado el 26 diciembre, 2015 en Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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