Sintonizando, de Carmen Ventura

War_of_the_Worlds_ET

Otra noche que llega presurosa a casa a encender la radio.

Esas horas son para Laura las mejores del día. En cuanto entra presiona el botón de ON, lo demás puede esperar.

Desde ese mismo instante, los acordes, generalmente de guitarra, rasgan el silencio de la casa. El dial ya seleccionado en aquel equipo de música, Pioneer, que se ha convertido en el único mobiliario que la acompaña en su periplo por las casas en las que ha morado los últimos años. El mismo que tan buenos momentos le sigue haciendo pasar.

Y es entonces cuando empieza su ritual de liberación: fuera tacones, trajes sastre, liberada la melena contenida todo el día por esas horquillas que por momentos parece llegasen a las meninges… fuera toda aquella impostura que día tras día y de lunes a viernes la tiene atrapada.

Se enfunda unos leggins y alguna de las muchas camisetas de sus años de conciertos de rock. Para que la escena sea perfecta, sólo hay que añadir una copa de vino, tinto, siempre tinto, la mayor parte de las veces Ribera, aunque últimamente se está dejando aconsejar por aquel joven, proyecto de sumiller, que tan amablemente le atiende en la tienda de delicatessen por la que pasa muchas tardes, noches casi, a la salida de las interminables jornadas laborales.

Acompañando al tinto, picotea algo, y ojea la prensa a través de las redes; gran invento Twitter, tanta información de forma tan inmediata.

Un día aparece en antena una voz distinta a la del locutor habitual. Con la llegada del nuevo año, parece que la emisora ha decidido cambiar la parrilla de programación.

Poco a poco, día tras día, su atención va desviándose a la música que el nuevo locutor “pincha” (le gusta esa reminiscencia de los años de LPs), hasta el punto de que es incapaz de leer o prestar atención a nada que no sea el programa.

Pasan las semanas y el locutor se va haciendo una presencia importante en su vida. Por fin un día, se atreve a tuitear al programa (acababan de poner su canción preferida, “Allelujah” en la versión del malogrado Jeff Buckley), agradeciéndoselo. Y cuando él hace mención al mismo en antena, de repente vuelve a tener 15 años, y siente la emoción contenida que la embargaba cuando se cruzaba por los pasillos del instituto con el chico que le gustaba, el calor recorriendo sus miembros, la respiración agitada.

La vida transcurre, aburrida, en una rutina compuesta por una jornada laboral repetitiva, que la mantiene ocupada desde el amanecer hasta últimas horas de la tarde. Sólo la llegada a casa y el programa de radio la saca de esa monotonía.

Las visitas a la tienda de vinos se espacian lo suficiente como para que su hígado no se resienta. Sigue comprando el tamaño pequeño de la botella. No tiene intención de compartirla con nadie, ni de convertirse en usuaria de “Alcohólicos anónimos”. Comprueba, sin demasiado interés, que el proyecto de sumiller va ampliando el catálogo en formato pequeño.

Al llegar a casa y repetir el ritual de la radio y el vino, es cuando sale “la” Laura que se emociona, que vuelve a vibrar. Sintiendo de nuevo esas ganas porque ocurra algo, decide pasar a la acción. Movida por la curiosidad chequea las redes sociales de la cadena de radio, intentando encontrar alguna foto del locutor. Pero ninguna deja ver con detalle la fisonomía del mismo. Decide llamar a la emisora. La hueca voz de la telefonista tras unos instantes de música en espera (“Subterranean homesick alien”, de Radiohead, nada de alguna de las estaciones de Vivaldi), y aunque es un programa en directo le pasa fuera de antena, aprovechando una pausa de publicidad.

A pesar de haber llamado ella, le sorprende tanto haber podido contactar, que no sabe muy bien qué decir; pasado ese momento de pánico inicial la conversación fluye.

Pasan los días, y las conversaciones se suceden, ya usan los números personales. Los temas van cambiando: gustos, aficiones, historias personales, ideas políticas…

Una tarde de un viernes, día de monográficos, con más música que palabras, sale en la conversación el tema sexual. Surge de una forma casual y lo tratan con la misma naturalidad que el resto.

Se hacen confidencias, cuentan anécdotas, anhelos, sueños y sin saber muy bien cómo, acaban teniendo sexo telefónico. Bueno, Laura, que está en casa. Él, aún en el estudio, aunque está solo, no es infrecuente que alguien pase de cuando en cuando por la sala de control de mandos. Bastante le costaría disimular la notable erección que le ha provocado los jadeos de esa desconocida, pero a la vez, ya cercana mujer, como para tener que ocultar algo más.

Después de esa primera experiencia, hay más. Tras varias semanas de charlas, risas y sexo telefónico, ambos coinciden en que la desvirtualización no puede esperar más. “Pero sin vernos”, dice él. Aún no han intercambiado ni una sola fotografía y sus perfiles en redes son bastante discretos.

Él vive en Barcelona (ese ligero acento catalán que tanto le pone), ella trabaja y vive en Valencia. Los escasos 300 Km que separan a ambas ciudades no suponen un obstáculo. Deciden quedar en Peñíscola, punto más o menos medio entre ambas poblaciones, y que cuenta además para ella con un aliciente extra, el castillo a orillas de la playa.

Concretan día, lugar y hora. Como convinieron, ella llega antes al hotel, sube a la habitación y cierra las dobles cortinas con cuidado de que no entre ni una rendija de luz. Afuera luce un día radiante. Se desviste y cuando está preparada, le llama para avisarle de que puede subir.

Con el corazón a mil por hora, oye cómo el ascensor se detiene en su planta, tienen justamente la habitación que queda enfrente. Unos pasos amortiguados por la moqueta que se dirigen a la puerta y, por fin, una tarjeta que parece tiene algún que otro problema con la apertura.

Siente el corazón a punto de salírsele por la boca, de repente siente miedo, miedo a que sea una locura, miedo a que no le guste, miedo a que no haya feeling con esa piel, miedo incluso a que no venga solo, y la aventura y el juego se le vaya de las manos. “Laura, ¿pero qué narices haces? A tu edad, deberías estar intentando ligarte a los profesores de pádel como hacen el resto de compañeras de trabajo, y no jugándote el tipo, en ropa interior (bien cara y de encaje, ¿para qué? si estás a oscuras) en la habitación de un hotel esperando a alguien a quien no has visto en la vida”. “Debe ser un horror, porque nunca ha querido darte ninguna foto, y tú como una boba, pensando que eso lo hacía todo más excitante”, estos y otros pensamientos pasan por su cabeza a un ritmo vertiginoso, cuando de repente se abre la puerta. Ella en el extremo más alejado de la habitación para no ser vista con la claridad del pasillo, aunque supone que el golpeteo de su corazón en el pecho la acabará descubriendo. Él, con la puerta ya a sus espaldas, cerrada tras él.

Hablan. Bueno, para ser exactos, él habla y ella ríe, un deje de risa histérica, señal de la tensión contenida. Esa voz, esa familiar voz, cerca. Esa voz, tantas veces oída a través de las ondas, por teléfono, por fin la oye en persona. Empieza a hacer las veces de calmante natural; la risa con el conato de histerismo pasa a una risa relajada de expectación y alegría por sentirse más viva que los últimos años.

Por la altura de la que procede, debe medir alrededor de 1,80m. Bien, siempre me han gustado los hombres altos. Nos vamos acercando dejándonos guiar por la voz, ya que las dobles cortinas hacen bien su función y a pesar de que mis pupilas ya se han dilatado por la ausencia continuada de luz, apenas hay iluminación. En esos breves instantes me doy cuenta de que estoy semi desnuda. De acuerdo, ambos estamos en la habitación con la misma idea, pero podría haberme dejado la ropa. En esos momentos de indecisión él llega hasta a mí, y parece que no encuentra nada que objetar a que vaya con tan poca ropa. Desde ese momento, pierdo la noción de lo que pasa, no sé la secuencia exacta, sólo sé que de repente mi piel parece haberse activado, cada poro de mi piel se convierte en un radar que me lleva inevitablemente hacia él, hacia su piel, su boca, su olor. Con manos ágiles, a pesar de la escasez de luz, soy capaz de desabotonarle el vaquero, de desabrocharle el cinturón, él hace lo propio con los corchetes de mi sujetador y antes de que nos demos cuenta, no hay ninguna barrera física al contacto de nuestras pieles. No hablamos, sólo respiramos, sentimos, reímos, follamos.

Días después, aún con agujetas en todo su ser, compra la botella de 750ml de la última recomendación del proyecto de sumiller. Y, cuando está a punto de salir de la tienda decide invitarle a cenar.

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Publicado el 6 enero, 2016 en Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Genialllll

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