Simples extraños, de Carmen Ventura

extraños

Se cruzan por la calle, ella hace como que no le ve y probablemente él no la haya visto. Además, de haberla visto, con bastante seguridad no la hubiera reconocido. Hace ocho, quizás diez años que no se ven, y ella ha cambiado, cree que a mejor, todo el mundo se lo dice, empieza a poseer esa belleza serena y madura que algunas mujeres adquieren en la mitad de su vida. Él en cambio está reconocible, pero envejecido, el tiempo ha hecho estragos en su figura.

El final se precipitó de forma brusca. Y ninguno de los dos lo quiso así. Aunque bien es cierto que no conoce a nadie que piense ni anticipe cómo va a ser el final de una relación. Tras años de novios, la ilusión de compartir proyecto vital, crear un hogar, llegó a su fin.

Pero eso no fue siempre así. Terminados los respectivos estudios, ambos por fin ejerciendo, parecía que lo tenían todo. Se querían, compartían una forma de ver la vida. O eso parecía.

Poco a poco, el vacío llegó para quedarse en ella. Sin saber muy bien qué le pasaba, día tras día iba retrasando la hora de llegar a casa, el gimnasio, el cine (esas sesiones a las 18h de la tarde, con la sala de proyecciones prácticamente vacía), cualquier excusa era buena para llegar un poco más tarde.

¿Qué le pasaba? Tenía lo que siempre había deseado, un trabajo que le gustaba, un novio, bien parecido, buen niño, estudioso, serio y responsable, que la quería… pero ¿la quería como ella deseaba ser amada?

Parece que el rol de mujer trabajadora, ama de casa, no era lo que encajaba con ella. Se sentía embutida en un traje demasiado estrecho, con las costuras a punto de estallar a poco que se moviera.

Desde fuera todo parecía idílico; incluso la familia empezaba a hacer esas preguntas incómodas sobre la esperada maternidad, la formalización de la relación.

“Madre yo”- y por mucho que se lo repitiera, era como si le hablasen de Marte, algo totalmente ajeno a su mundo.

Y un día, tiempo después, por fin se hizo la luz. Fue como si le hubiesen disparado, un tiro certero, que dio en el blanco, e hizo tambalearse el mundo hasta entonces conocido. La verdad que llevaba meses queriendo salir por fin encontró su camino y salió a borbotones.

Tenía que irse, tomarse un respiro, y como la canción de Julieta Venegas que sonaba cuando salía por la puerta, no podía sino decir: “Me voy, qué lástima pero adiós”.

Esas semanas fuera, la liberaron, le hicieron ver quién era ella y en lo que se estaba convirtiendo, algo bastante alejado de su esencia. Pero lo que le hizo darse cuenta de forma total y absoluta de que aquella relación estaba en fase crítica próxima al exitus, fue que volvió a tener ojos para otros hombres. Ella, que presumía de conducta intachable al respecto, que jamás había pensado en ser infiel, de repente miraba a otros con ojos hambrientos. Y eso es algo que no suele pasar desapercibido. Esas semanas recobró la sensualidad, que los últimos tiempos estaba medio soterrada en medio de listas de la compra, visitas al pueblo de los abuelos y otros menesteres domésticos.

Ella quiso poner fin a la relación de una manera totalmente definitiva pero la transformación ocurrió. Los episodios de acoso, “espionaje” empezaron. El ser pacífico al que creía que conocía, se convirtió en un personaje oscuro, amenazante. Acechaba. Incordiaba.

Uno de los episodios más perturbadores fue cuando se dirigió a la casa que ambos compartían para terminar de coger sus cosas y al entrar al salón vió primero con incredulidad, que acabó transformada en espanto, que las paredes del salón, una sala de dimensiones nada desdeñables, estaban cubiertas de fotos de ella, sola, de los últimos seis años, de su vida en común.

¿Cómo podía ser que aquel muchacho, al que aún ve tímido acercarse a ella, en aquel bareto que permanecía abierto hasta el alba en el centro, para darle su primer beso se haya convertido en un ser tan oscuro y amenazante? El dolor se dijo, que saca lo peor de nosotros mismos.

Salió corriendo y nunca más volvió a verlo.

Por eso hoy, diez años después, con esta memoria selectiva que nos descarga de las malas experiencias, a punto estuvo de acercarse y saludarle.

Pero tan pronto como le vio, giró la cabeza y siguió su camino calle abajo, sin parar, ni girar la cabeza.

Para no verle nunca más.

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Publicado el 27 enero, 2016 en Blog, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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