Lo único malo de irse al cielo, de Lola Gallego

nubes en el cielo

Nadie sabía a ciencia cierta la edad de Eusebio Cansino. Era de esas personas que nacieron, vivieron y murieron con la misma planta y expresión. Bueno, ahora parecía un poco más blanco y sus facciones eran más enjutas.

Rodeado de familiares y amigos en el salón de la casa de sus padres, le había llegado el momento de tomar una decisión; esa que no había sido capaz de dilucidar durante toda su vida, pero que ahora no podía demorar más.

Su hermana Clotilde y su hermano Rafael, estuvieron todo el tiempo discutiendo sobre cómo sería la mejor postura para presentarle para tal digna ocasión. Eusebio Cansino aguantaba con la santa paciencia que le había acompañado durante toda su vida, el baile de brazos y manos sobre su cuerpo a que le estaban sometiendo sus hermanos. Y todo esto sin rechistar; como siempre había hecho respecto a las decisiones que los demás habían tomado por él. Pero ahora le tocaba decidir por si mismo.

El resto de allegados y camaradas reunidos para la ceremonia, parecían adivinar las conjeturas de Eusebio Cansino sobre su destino final y caminaban de un lado al otro de la estancia nerviosos, murmurando entre ellos.

¡Este es capaz de tenernos toda una semana aquí esperando hasta que se decida!–exclamó Ambrosio Encinas, vecino de la familia.

Si, como siempre, –agregó crispada Carmina Bocanegra, la novia de toda la vida de Eusebio Cansino.

Pacorro Gallego, el sacerdote del barrio, se entretenía comiendo los pastelitos de cabello de ángel hechos por Carlota Cansino para la ocasión, mientras miraba por el rabillo del ojo, las tribulaciones de Eusebio Cansino.

¡Padre, haga algo! –le increparon los asistentes.

Pacorro Gallego, sacudiéndose con parsimonia las migas del pantalón, se puso en pie y se dirigió solemne al ataúd.

A ver, hijo mío, ¿te has decidido ya de adónde quieres encaminar tu alma? Sólo hay dos caminos posibles y, con sus pros y sus contras, sólo puedes decidirte por uno. ¡Donde no puedes quedarte es aquí!– exhortó al muerto.

En aquel mismo instante, Eusebio Cansino pareció removerse en su féretro y sacando una de las manos del bolsillo del pantalón, donde al final se las habían colocado sus hermanos, levantó el brazo y con su dedo índice señaló hacia el techo de la habitación.

¡Al cielo! – Hubo una gran exclamación de alivio entre los reunidos.

Si, pensó taciturno Eusebio Cansino, volviendo a colocar su mano dentro del bolsillo del pantalón. –Pero lo único malo de irse al Cielo, es que el cielo no se ve. –resopló dentro del ataúd

Adivinando la incertidumbre del muerto, todos los asistentes al sepelio se miraron con cara de estupefacción y acto seguido, como movidos por un único pensamiento, se abalanzaron en tropel sobre el ataúd y lo cerraron con la tapa.

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Publicado el 29 enero, 2016 en Blog, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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