Mimetismo, de Amor De Pablo

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Esta noche tampoco puede dormir. Lleva ya dos horas dando vueltas en la cama. Abre el cajón de la mesita de noche buscando las pastillas o el tabaco, lo mismo da a estas horas de la noche, ni una cosa ni otra conseguirán que concilie el sueño. Su mano agarra una bolita de papel que no reconoce al tacto. Enciende la luz, despliega el papel y ahora sí, ahora asume que ya no podrá dormir.

Los recuerdos vuelven de golpe. ¿Cuánto hace que ella se marchó? ¿Seis meses, siete? No consigue determinar la fecha exacta. Vuelve a mirar el papelito. No lee, solo recuerda. O cree que recuerda. Cuando decidieron vivir juntos redactaron una lista de las cosas que mejor hacían cada uno; así se decidió que mientras ella se ocuparía de luchar por la ecología, la justicia y la paz mundial durante las mañanas, él, que padecía insomnio, ocuparía las noches en escribir los discursos que ella leería al día siguiente.

Al principio todo era perfecto, nuevo, inesperado. Ambos se entusiasmaban con las habilidades del otro; él admiraba la facilidad que ella tenía para dormir, sobre todo después de una mañana agotadora de debates y conferencias. Él se preguntaba ¿cómo consigue evadirse? Él, que era incapaz de enfrentarse a la realidad, que toda la información la adquiría a través de internet, porque así le llegaba atenuada, menos dura para digerir. Viendo el mundo desde su ordenador, obtenía la distancia suficiente para poder escribir las palabras que ella convertiría en arengas con su elocuencia.

A ella, en cambio, le sorprendía la capacidad de él para soñar despierto. Cuántas veces la sobresaltó oírle expresar en voz alta sus quimeras. Durante la noche, se despertaba sobrecogida y lo descubría hablando solo, mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Ella, que a pesar de su naturalidad para el descanso, no era capaz de recordar ni uno solo de sus sueños.

Tanta era la fascinación mutua que resolvieron imitarse; él comenzó a tomar somníferos cuando ella se iba a la cama, quería comprobar que sentía cuando sus horas de reposo coincidían. Ella por su parte dejó de dar discursos en los auditorios y lo hacía a través de videoconferencia; se excusaba en lo agotadores que resultaban los viajes de aquí para allá. Poco a poco asimilaron tácitamente las características del otro, hicieron una labor tan rigurosa que, a veces, si se miraban en el espejo al mismo tiempo se reconocían por el reflejo del otro, más que por el suyo propio.

Y llegó el día. Unos amigos comunes les dijeron que era tal su sincronía que costaba distinguirlos. Fue como si les arrojaran a la cara la rutina de sus rígidos horarios, las frases que uno empezaba, dejándolas a medias para que el otro las concluyera, la concordancia tenaz y aburrida que imponían a su vida.

Ese día, al entrar en casa, ella lo miró a los ojos viéndose a si misma y le dijo –ya no puedo seguir contigo, no me soporto-, él respondió – lo entiendo, yo tampoco me aguanto si permanezco a tu lado-

Se tomaron de las manos y a la vez, sin premeditación, con un gesto natural, se intercambiaron sendas bolitas de papel. En ellas estaban escritas aquellas listas de las cosas que mejor hacían cada uno y que, ahora, les separaban para siempre.

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Publicado el 11 febrero, 2016 en Blog, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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