Oronchitos, de Amor De Pablo

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Benito Villamarín nació una noche oscura, al menos eso le han contado. Su madre quedó encinta después de un atracón de oronchitos; fue tal la cantidad y calidad de estos que la emanapeste le duraba ya tres días y decidió ponerle fin. A la madre de Benito le habían contado que el único modo de quitar la emanapeste era buscando esposo y una vez, que el cura párroco bendijese la unión dedicarse a realizar, frenéticamente, el acto sexual hasta que ella se quedara preñaita entera.

Buscó en el pueblo el galán más viril y sinencuando, poco escrupuloso. Búsqueda inútil, como su futuro marido dicho sea de paso, ya que los citados galanes no eran frecuentes en aquellos pagos.

Su prima, Anamariquilla, le contó que en el pueblo vecino había un antro que frecuentaban tipos leotardos. –A lo mejor tienes suerte y a lo mejor no- sentenció la prima con gesto de saber lo que se decía, al tiempo que cruzaba la rebequita sobre sus pechos, estirándola mucho, pues la rebequita era muy pequeña y los pechos todo lo contrario.

Allá que fue la mujer y preguntando le indicaron donde estaba el lugar en cuestión, la Tallerna le decían al sitio. Entró en el local y miró hacia las mesas, treinta y tres ojos se fijaron en ella; había uno, el pobre, que era tuerto. Tras observarla atentamente durante diez segundos, cada cual volvió a los suyo. Candelaria, que así se llamaba la madre de Benito, sin arredrarse ante tamaña falta de interés, se dirigió con paso firme hacia la mesa donde había un solo hombre, sin sentarse le agarró del brazo y le susurró al oído unas palabras, el hombre se levantó y juntos salieron de la Tallerna.

Lo siguiente fue irse derechitos a la iglesia y pedirle al cura que los casara. Tarea ardua, pues el cura también padecía un empacho de oronchitos y, por su condición de clérigo, no podía usar el remedio que lo aliviase de su mal. Aún así, Candelaria le convenció y el pobre hombre celebró la ceremonia todo lo rápido que los retortijones le permitieron.

Una vez cumplido el trámite de la boda, Candelaria y el inútil de su marido (no es insultarlo, el hombre reconocía sin complejos su categoría de tal) volvieron al pueblo y pusieron en práctica, frenéticamente por supuesto, el método para sanar la emanapeste de ella.

Pero, hete aquí, que tan frenéticamente hicieron uso de los deberes maritales que se produjo el follecimiento del esposo; eso sí, no sin antes preñar a Candelaria y curarla de su padecimiento.

Pensarán ustedes que ella quedaría triste afligida, nada más lejos de la realidad. Asumió la viudez y la futura maternidad con notable entereza, pero tuvo antojos de oronchitos durante todo el embarazo. Lo cierto es que la noche que se produjo el alumbramiento de Benito, su madre, no sabemos ya si por los dolores del parto o el hartazgo de oronchitos, después de emitir un ruido parecido al de la explosión de obús, expulsó a su hijo de sus entrañas y, a la vez, apagó todas las luces del pueblo.

Y es por esto que dicen que Benito nació en una noche oscura.

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Publicado el 7 marzo, 2016 en Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Me ha encantado Amor. Sigue escribiendo que lo haces genial.

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