Paranoia en pez, de Ana Gómez Perea

pezvolador

Estábamos a nada de serlo todo. 

Eso fue lo que me dijo el día que se marchó.

Cuando cerró la puerta, se llevó mi voz y me dejó el silencio dentro. 

Creo que llevo treinta y siete días sin salir de casa. Aún no he perdido la cabeza, o quizás si… no estoy segura. 

Cada día, cierro mi ojo derecho y miro con el izquierdo a través de la mirilla. Él nunca está.

Empiezo a tener ojo de pez. Ya no pestañea. Es increíble cómo se ha adaptado en tan poco tiempo a la lupa esférica; es capaz de diseccionar al detalle y con velocidad de vértigo cada uno de los objetos que hay en el descansillo: el felpudo de mi vecino, el contador de la luz, el desconchón de la pared y el serpenteante cable de la antena comunitaria. Blanco.

Once letras tiene la palabra bienvenidos, la “b” y la “s” son las que están más desgastadas. Las pisan siempre. 

Once, “once upon a time”… érase una vez una pareja con maletas cargadas de lluvia.

Qué vida tan miserable llevan esas pobres letras. Seguro que preferirían ser como las vetas de mármol que hay en el suelo. Ellas sí que saben. Se pasan el día nadando. Natación sincronizada en suelo. Hay una veta que es un río; la de color verde agua. Es la única que sale del edificio filtrándose por la rendija del ascensor cuando éste se abre. Las demás la quieren seguir, pero no pueden porque son grises, como yo. Y se alborotan, y forman corrillos y se vuelven al unísono mirando hacia mi pecera con ojos de lechuza. Cuando hacen eso me dan miedo. Siento que me quieren engullir. Me echo a un lado y aguanto la respiración para que no noten mi presencia; no quiero que crean que buceo en vidas ajenas. 

Llaman al timbre.

No estoy, no estoy, no estoy. Soy un pez.

—No hay nadie en casa. ¡Váyase!

—¡Quítese de ahí, no me deja ver!

—¡Márchese! ¿No comprende que Él puede llegar en cualquier momento?

A veces me falta el oxígeno de tanto pegar la nariz a la puerta, y aunque me maree y caiga desplomada, es un alivio poder descansar durante esa gozosa pérdida de conciencia.

Cuando vuelvo en mí, aunque ya no sea yo, me incorporo sobre mis rodillas y lloro. Las personas a las que no les abro tendrían que verme en ese instante de pena infinita. Seguro que les reconforta verme tan afligida y tan perdida. Que se jodan. No les pienso abrir.

Ya tengo organizado mi final. 

El día que yo quiera, el que yo decida, llenaré la bañera y esperaré hasta que me salgan branquias y escamas, para irme boqueando por el desagüe sin dejar rastro. 

Tengo que fregarlo, sería una faena que ese día se atorase. 

Todo ha de estar perfecto para cuando Él vuelva.

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Publicado el 10 abril, 2016 en Blog, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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