El valle, de Marga Dorao

valle

Sus pasos sobre la nieve iban emitiendo crujidos cada vez más espaciados. Cuando salió de casa de Thomas eran decididos. Apenas 100 metros después sus pies comenzaron a resistirse. A mitad de camino se volvieron casi arrastrados. Si volviera atrás, se dijo, volverían a ser firmes. Pero había prometido no regresar sin antes haber sido convocada. Thomas había sido muy claro al respecto de lo que quería de ella: nada. Y ella lo había aceptado de buen grado.

Él la convirtió a su religión, una con varias adeptas a la que ella nunca creyó que se sometería. Porque someterse a la libertad, ¿no es una contradicción? El valle se alzaba tan frío como majestuoso ante sus ojos. Su conciencia trataba de imponerse, pero ella se zafaba de sus pensamientos concentrándose en la noche que se iba adentrando de forma abrupta, comiéndose las montañas a su caída. Se quedó muy quieta para sentir como el viento le cortaba la piel. Tras sus párpados cerrados firmemente, se sentía, azul.

Era una farsa, ella lo era. Porque juró, juró muy convencida creer en todo lo que él, Thomas, promulgaba. Lo juró bajito al conocerle, y apenas hacía unas horas lo había vuelto a jurar, a gritos, mientras él le agarraba el pelo, le mordía la oreja, la penetraba con fuerza y la empujaba bruscamente sobre la cama antes de salir de la habitación para darse una ducha interminable. Al final Marion entendió que no saldría del baño antes de que ella se marchara. Y se fue.

Lo que él no sabía, y ella sólo a medias, es que no era una creencia ciega lo que la impulsaba a continuar profesando preceptos absurdos de amor a ratitos. No se trataba de devoción, ni de fervor, ni de adoración, ni de piedad. Lo que mantenía a Marion reclusa voluntariamente en el nada de Thomas no era más que la falsa esperanza de la reconversión de éste. Sentía Marion, como tantas otras mujeres antes que ella lo habían hecho, que si idolatraba a San Thomas, adoraba sus manos, veneraba su piel, reverenciaba sus ojos, honraba sus pensamientos, se postraba, desnuda y entera ante él, siempre y para siempre, las ansias de libertad del captor, su desapego, se transformarían en todo, eternamente.

Devorado por completo el valle, Marion, que ya no ve nada, se deja caer, pesada, sobre la nieve. Marion, la hereje, la que hace como que cree porque cree que eso es amar, continúa avanzando sobre su vientre con la sola ayuda de sus manos. Los pies arrastran por detrás de su cuerpo que cruje tan fuerte como antes lo hacía la nieve bajo sus pasos.

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Publicado el 12 abril, 2016 en Blog, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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