La sabiduría de Sapiencia, de Sole Fortuny

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Tulio era un niño huérfano desde antes de que tuviera memoria, pero esto no le importaba para nada en absoluto. Puede que no tuviese padres biológicos, pero las circunstancias de la vida le habían llevado a ser el discípulo del más grande sabio de todos los tiempos. Su nombre era Sapiencia.

No había nada que Sapiencia no pudiese saber, que no conociera. Era el sumo dios de las respuestas para todo. Políticos, reyes, generales, filósofos, científicos, oradores… todos mamaban del saber del Gran Sabio. Incluso fue él quien le aconsejó a un tal Sócrates decir que solo sabía que no sabía nada.

–Pero yo sé mucho –se quejó el hombre ante tan raro consejo.

–La humildad lleva más lejos que la arrogancia –contestó terminando de convencerle.

Tulio no podía evitar admirarlo, agradecer su bondad y que lo acogiera como el único heredero de su erudición. Era un gran hombre, un hombre cuyos conocimientos rebasaban la distancia con el más lejano pasado y predecía hasta el más imposible de los futuros. Era un hombre que, sin duda alguna, podía hacer cambiar el mundo y su historia con un solo movimiento de ceja.

Pero esa imagen mítica y divinizada del Gran Sabio no siguió siempre en la mente infantil de Tulio. Después de tres años conviviendo y aprendiendo de Sapiencia, se sintió un poco frustrado. Claro que sabía que él era un niño y su maestro un viejo, era imposible que se convirtiera en alguien como él de la noche a la mañana. Pero es que al Gran Sabio se le daba bien todo: matemáticas, medicina, derecho, literatura, poesía, historia, música, teatro, pintura, escultura, arquitectura, orfebrería, herbología, astrología, gastronomía, navegación, juegos de estrategia, juegos de azar, juegos de mesa, artes esotéricas, religión… ¡Todo!

A Tulio le irritaba que aquel ser humano, si es que lo era, no tuviera ningún defecto. Ninguno. Algo así era inconcebible y, por ello, a la tierna edad de diez años, decidió poner a prueba a su maestro.

La primera idea que tuvo era simple, pero con grandes miras de ser exitosa. Tulio puso a pelear a la gente. No gente sin pensar, si no personas bien buscadas, personas que el discípulo tenía muy claro que, si se les reventaba un tema en la cara, jamás se pondrían de acuerdo. Entonces irían ante Sapiencia, que seguramente sabría que decir para calmar a ambas partes. Tulio planeaba que, al enviar a mucha gente sin parar, alguien llegaría con un tema que Sapiencia no podría sortear. No cayó esa suerte. La paz habló por boca de Sapiencia y la discordia que Tulio había esparcido se evaporó, de una manera fácil a la par que humillante para el discípulo.

No le quedó más remedio que ir a la segura opción, una algo sucia para un niño de su edad, pero que no le quedaba otroa que usa, puesto que ya había visto que tenía que jugar fuerte. Así que fue al ágora y lanzó el rumor de que el viejo Sapiencia no había sido exprimido en todo su conocimiento. Nadie hasta la fecha se le había ocurrido preguntarle en su arte para enamorar a las mujeres. Según Tulio, esto pondría en un gran aprieto a su maestro. Sapiencia no solo era un viejo arrugado como una pasa, además era una persona que se había dedicado toda su vida al estudio, era imposible que hubiese tenido tiempo para las mujeres. Y parecía que la gran mayoría pensaban como él, puesto que tuvieron que pasar como dos semanas hasta que se presentara alguien a la puerta de Sapiencia a preguntarle por el amor. Se trataba de un joven excesivamente rico y excesivamente patético que se arrodilló entre lagrimas a los pies del Gran Sabio.

–¡Ella me odia! ¡No quiere ni mis caballos ni mis tierras! ¡Y yo ya no sé que hacer!

Tulio se frotaba las manos con maldad, por fin vería a su maestro aturrullado y sin saber que hacer. O eso creía, porque en realidad ese caso solo se convirtió el primero de muchos resueltos por el Gran Sabio. El colmo llegó cuando un bravucón retó a Sapiencia a un duelo de ligues, pues  su fama para enamorar a cualquier mujer había llegado hasta los confines del planeta. El viejo ganó por goleada. Su discípulo comprendió que por ahí tampoco había por donde pillarlo.

Así que pasó a su siguiente plan: El deporte. Alguien que cultiva la mente no podía cultivar el cuerpo, esa debía de ser su debilidad. Tulio tomó la actitud típica de un niño de diez años impaciente por ser fuerte a la par que aprender.

–Maestro, ¿me enseña tiro con arco?

Y le enseñaba tiro con arco.

–Maestro, ¿me enseña el arte de la espada?

Y le enseñaba el arte de la espada.

–Maestro, ¿Me enseña a montar a caballo?

Y le enseñaba a montar a caballo.

Consta decir que Sapiencia le enseñaba todas estas cosas desde la suma supervisión, nunca desde las muestras de ejemplos, es decir, no se mojaba respecto al asunto, lo que llevó a que Tulio se hartara de manera descomunal y empezara a hacer gamberradas hasta pinchar la paciencia de su maestro y que este le persiguiera a carrera limpia.

–¡Sapiencia me persigue, pero yo soy más rápido! –se burlaba entre carcajadas.

Al final resultó que no era tan rápido, y que Sapiencia había estudiado como correr y como respirar al correr. Lo atrapó agarrándolo del cogote como un gato y le obligo a estar todo el día arrodillado contra la pared.

Después de eso el estado de Tulio pasó a ser depresivo y desganado. Daba igual lo que estudiara o se esforzara porque nunca podría ser como Sapiencia, no podía ser como un hombre que se le daba a todo bien. Sobre todo si él no hacía más que fallar una y otra vez. Su desmotivación fue creciendo con los días, hasta llamar la atención de su maestro, que no se demoró en acudir a la ayuda de su discípulo. Tulio, tras resistirse con fuerza, le comentó sus pesares. Sapiencia le escuchó, se quedó pensando un rato y por fin habló.

–¿Una piedra crecería si se talase un árbol?

Tulio respondió un “no” simple y rotundo.

–¿Por fallar yo en algo vas a ser tú más sabio?

La respuesta fue la misma, y aunque Tulio era aún muy joven para entender la totalidad de la enseñanza de su maestro, hizo mella en él, y con el tiempo descubrió a que se refería. Fijarnos en lo negativo hace que nos olvidemos de valorar a los demás y a nosotros mismos. Fijarnos en lo negativo es lo que de verdad nos hace separarnos de la personas, sin darnos cuenta de que lo positivo se convierte, en la mayoría de los casos, en un lazo irrompible y que tira de nosotros hacia delante, como lo fueron la bondad y la enseñanza de Sapiencia desde el mismo momento que lo acogió.

Diez años después de eso, Tulio seguía pensado que esa era la enseñanza más grande que su maestro le había dado, y en el momento de la despedida se lo hizo saber. Sapiencia sólo sonrió y le quitó importancia.

–Te queda mucho por aprender todavía, pero ese es un camino que debes tomar solo, yo ya he hecho todo lo que podía como maestro.

Sapiencia le dio un regalo, un libro de su puño y letra. Ahí, tal como le dijo, estaban todo los conocimientos, todos los saberes, que debían guardarse para la posteridad, para que el mundo siguiera avanzando hacia el futuro sin desviarse. Tulio debía leerlo, estudiarlo y continuarlo. Esa era su misión vital y de gran importancia.

–Así lo haré, maestro.

Sapiencia y Tulio se dieron el último adiós. El Gran Sabio tomó la barca para cruzar al otro lado del rio. El discípulo no dejó de observarle hasta que se perdió en el horizonte. Una vez sembrado el silencio, tomó aire. Suspiró.

Entonces bajó su mirada al Gran Libro. Lo acarició con cariño y, con cuidado, lo abrió. Quedándose, de manera absoluta, de piedra. Después de tantos años, había descubierto el campo en que su apreciado maestro en un completo inútil. La caligrafía. Porque de su letra no entendía ni mierda.

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Publicado el 25 abril, 2016 en Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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