Un cuento corriente, de José Luis Rosas Guerrero

princesa

Había una vez.

En lo profundo de un lejano y muy escuálido bosque ─tan lejano de la ciudad como que no llega ni la EMT y tan profundo como que no hay ni una tienda de alimentación china, en ese remoto paraje, en una choza destartalada, vive una familia monoparental. Un hombre y su hija moran ahí. Según le contó su padre a la hija, la madre había muerto por darle vida a ella, lo que por ser mentira piadosa no deja de ser mentira, la verdad es que se había fugado con un repartidor de UPS, que se extravió una vez y las demás se extraviaba porque quería. El día que se fugó, el padre ─que era leñador─ se encontraba ausente en sus labores. Y la última vez que la niña vio a su madre, que era muy bella, fue a través del hueco que hacía de ventana: la vio subirse al camión repartidor cargada con un hatillo de ropa y marcharse sin mirar atrás. La niña tenía los ojos llenos de lágrimas porque estaba resfriada, no por pena. Por aquel entonces, la niña contaba once años. Era una princesa, por lo menos eso decía su padre: Eres una princesa. Eso sí se lo creía ella.

El padre le daba ─como toda princesa se merece─, pequeños lujos, bueno, lujitos, cosas que se encontraba en el bosque donde trabajaba: un peine al que le faltaban algunos dientes pero de un bonito color carmesí, unos trapos que bien empleados hasta podían servirle para hacerse un vestido y su posesión más preciada, un libro de cuentos infantiles con ilustraciones para colorear ─que seguían en blanco y negro porque no tenía lápices de colores─, al que le faltaba la portada. El padre, por las noches, le leía las historias de príncipes que besaban, de brujas que reventaban, de personas que eran víctimas de sus hechizos, de enanos millonarios, de dragones voladores y de hadas madrinas. Así, una y otra vez, y ella nunca se cansaba de escucharlos porque ella era siempre la protagonista: La Princesa.

La rutina diaria era ley en esta familia monoparental: se levantaban al alba, el padre removía las ascuas de la chimenea, echaba un tronco y ponía a calentar agua; luego se sentaban en los bancos ─que no eran más que tocones alrededor de la mesa─ a ver extasiados como hervía el agua. La niña preparaba el desayuno, gachas, un día sí, y otro, y otro; luego de terminado el frugal desayuno, el padre descolgaba su hacha y decía: Me voy a trabajar. Y salía.

La niña se pasaba el día sentada en una piedra peinando sus cabellos y mirando su reflejo en el agua sucia del arroyo que discurría lento al lado de la choza. Siempre tarareando alguna canción sacada de su cabeza y pensando en el príncipe que algún día emergería del bosque buscándola a ella, y que le daría un beso. Ella respondería castamente a ese beso de pasión del enamorado doncel que la llevaría a su castillo. Y el príncipe trabajaría para que no les faltara de nada y fueran felices para siempre.

Así, pasaban todos sus días.

Mas o menos al atardecer, ella entraba y preparaba la cena ─gachas─, llegaba el padre, colgaba su herramienta y se lavaba los brazos en un cubo; luego cenaban, y de sobremesa se quedaban mirando las ascuas de la chimenea hasta que ella se incorporaba para irse a dormir y se acostaba en el camastro ubicado en la otra punta de la habitación. Él encendía entonces un candil y le leía un cuento hasta que se quedaba dormida. Luego, volvía frente a la chimenea donde tendía una piel curtida de animal, ahí, se quedaba dormido.

Un día estaba ella sentada en su piedra, cuando vio aparecer a su padre entre los árboles. Se levantó asombrada por cómo se le había pasado el tiempo: No había preparado la cena. Él le dijo que no se preocupara, no tenía hambre. Lo habían echado del trabajo. Que no quedaban árboles por talar y que regresase en unos diez años, le dijeron. Se iría al paro, dijo.

La princesa ─aunque tenía ya dieciocho años─ no sabía ni qué era el paro ni tantas otras cosas (tampoco sabía leer, ni escribir), y su padre no se lo explicó. Ella se fue dando cuenta de qué era el paro cuando las gachas fueron mermando sin reposición. El leñador, un día tuvo que dejar su asiento y su depresión junto a la mesa para salir a cazar para comer. Con el bosque talado y repleto de hierbajos lo único que encontró fueron alimañas. Cazaba cualquier cosa que tuviese patas mientras ella recogía bayas y raíces, y dejó de ir al arroyo a soñar y esperar a su príncipe.

Comían cualquier cosa, pero extrañaban sus gachas: la situación empezaba a ser insostenible.

Ya no había sobremesa, atrás había quedado la diversión de buscar el sueño contemplando los maderos ardientes crepitar en la chimenea; tampoco había cuentos para dormir, ella pasaba las noches en vela escuchando el sueño inquieto, los suspiros, las pesadillas de su padre intentando dormir frente a la chimenea.

La princesa despertó una mañana cualquiera, con la luz del sol que entraba por los resquicios la choza era de troncos, por supuesto. Había dormido bien por primera vez en mucho tiempo y al levantarse tomó una decisión: Saldría a buscar trabajo para ganar el sustento familiar. Así se lo dijo entusiasmada a su padre ─que estaba sentado a la mesa con una mano sosteniendo su frente─, éste, bajando la mano, asintió con la cabeza. Lo que pensaba en aquel momento no lo dijo: que ella no sabía hacer nada aparte de peinar su cabello,cocer gachas, canturrear melodías, escuchar cuentos y soñar despierta.

Esa noche por la ansiedad ella casi no pudo dormir al clarear del día siguiente salió muy temprano, con el ánimo en alto, previas indicaciones de su padre, quien le indicó hacia dónde quedaba la ciudad. Caminó y caminó, incluso cuando el cansancio y la sed amenazaban con derrumbarla porque hacía rato que se le había acabado el agua que llevaba. De pronto, la maleza se acabó y llegó a un gran camino asfaltado, donde pasaban ululantes vehículos, pequeños y grandes. Eso no la asustaba. Se puso las sandalias que llevaba en la mano.

Miró a lado y lado, tratando de pensar hacia donde dirigirse. Al final decidió que hacia cualquier lado era igual . Tomó el camino de la izquierda y empezó a andar por el borde de la carretera .

Mucho rato después, llegó a un gran claro donde estaban aparcados algunos coches y camiones. En medio, había un local iluminado y refulgente que se llamaba: “El Buen Rato”, pero ella no se enteró porque no sabía leer. Todavía era de día. Si quiero encontrar trabajo, pensó, éste o cualquier otro sitio me valen. Buscó la puerta y entró. Era tan grande que una vez dentro parecía casi vacío a pesar de que había varios hombres y mujeres con copas o bailando. Se escuchaba una música atronadora. Ella, ignorante de las miradas lascivas que le seguían los pasos, se dirigió hacia la barra donde un hombre secaba unos vasos.

¿Me podría dar un vaso de agua? ―Y añadió―: Estoy buscando trabajo, ¿sabe usted si necesitan a alguien aquí?

El barman le sirvió agua y señaló hacia un rincón donde una señora gorda la miraba. al ver a la bella muchacha que se le acercaba, la invitó a sentarse.

Buenas tardes, buena señora, estoy buscando trabajo. Tal vez usted sepa de algo que yo pudiera hacer para ganar dinero.

Al oír su melodiosa voz y saber que buscaba un empleo, la dueña resolvió enseguida contratarla. Muy sincera, la niña, le advirtió que no tenía experiencia de ningún tipo de trabajo: Sólo sabía ser princesa. La buena señora le dijo que allí sería una princesa, que lo de la experiencia se lo daría ella, el trabajo y la vida.

Será usted mi hada madrina.

Sí, supongo que lo seré ―dijo la señora asintiendo porque que la vida le había enseñado a respetar las ideas de los demás.

Se quedó a trabajar desde ese mismo momento. La amable encargada del local le regaló unas prendas de ropa llenas de mostacillas, lentejuelas y piedras falsas, además de abalorios y complementos. Un verdadero ajuar de princesa. Todas sus ahora compañeras del local, admiradas por su belleza y frescura la prepararon y ayudaron con sus propias experiencias y pudo desempeñar su trabajo y estar a la altura de las circunstancias.

Nunca más faltó de nada en su casa, ni a su padre ─que nunca tampoco le preguntó acerca de su trabajo─. Llenó la despensa de gachas y algunos otros productos para aderezar su otrora escuálida dieta. Cambiaron la chimenea por una vitrocerámica y lo de mirar las ascuas, por un pantalla plana de 52 pulgadas con parabólica incluida. Hasta lápices de colores compró, aunque ya para qué. Nunca más leyeron cuentos infantiles para dormir y el libro de cuentos se perdió en las obras de remodelación de la cabaña que ahora transformada, es una casa de dos plantas con cinco habitaciones y tres baños.

Un coche todo terreno, enviado por la dueña del local, la recoge en su casa a media tarde y la regresa al amanecer, así que la aburrida rutina se rompió. Cuando ella llega, su padre duerme y cuando ella está dormida, su padre sale con una motosierra Mc Culloh CS450 Elite a Gasolina a buscar algún otro bosque que devastar y desbastar. Además, ella no tiene un solo día libre en el trabajo. Porque desde que comenzó. Ella es La Princesa.

Eso sí, a veces, en sus periodos de descanso ─sentada a la barra del local con una copa en la mano─, se mira al espejo y se pregunta qué habrá fallado para que en su propio cuento sea la princesa la que tenga que trabajar tanto para que los príncipes sean felices.

Quisiera escribir: Colorin colorado, pero no es así.

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Publicado el 29 diciembre, 2016 en Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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