El terrorista literario, de Daniel Henares

Me gustaría comunicarle, siempre escribiendo bonitamente, lo siguiente:

Este escrito está escrito por mí. O sea, yo. Aclarado este punto y sin esperar despunte, punteemos el próximo tema: el motivo.

El fin de esta carta tan hermosamente adornada, es, por decirlo jodiendo: convencerle de la necesidad de un convencimiento tan necesario. Así pues y por tanto, no queda sino, una vez más (o menos) decirle un par de cosas, o puede que tres. O incluso cuatro.

Lo que viene a ser realmente y francamente desagradable, o puede que francamente y realmente desagradable, quién sabe.

Sea como sea, váyase a la mierda.

Y de paso, muérase. Pero para ese lado, que aquí estoy yo.

Cabrón.

La carta anónima fue introducida en un contenedor para explosivos nucleares inestables por un robot manejado por el ejército. Nadie pudo evitar la tragedia. El director de la sucursal de los Pollitos Alegres murió debido a un ataque de mal gusto, agudizado por un acceso incredulidad palpitante e inducido, de forma obvia, por aquella carta diabólica.

Hay quien sospechó de algún empleado recientemente despedido, sea como fuere, las investigaciones ya estaban en marcha. Para agravar los hechos, el secretario, que leyó dos líneas de la carta, sufrió un derrame cerebral.

Tomás leía la noticia cada vez más nervioso. Era cierto que la carta tenía un poco de mala leche pero no para que se montase aquello. Un poli se fijó en él, avisó al que le acompañaba y empezaron a acercarse. Él intentó huir pero la propia gente lo agarró. “¡Es el terrorista literario!” “¡Que no escape!”, gritaban.

Tomás golpeó a uno de los viandantes con un gancho de adverbio y lanzó un gerundio bien pesado a uno de los polis, pero no hubo forma de huir.

Mientras lo conducían a los calabozos de la Real Academia Española, cuyas paredes estaban forradas con el diccionario y las reglas de gramática, el pobre tipo no pudo evitar pensar en la mala suerte de mierda que tenía.

Putos Pollitos Alegres, le despiden y enciman lo enchironan en un diccionario gigante.

Tomás se juró a si mismo cultivar el mal gusto a partir de ese día y no volvió a poner una sola tilde en señal de protesta.

 

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Publicado el 17 abril, 2017 en Textos de alumnas/os y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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