Wood green, de Elisabeth Luque

Paseo confuso y algo perdido. Miro mis zapatos mientras tanto. El lugar es nuevo, estoy asustado. Observo los pies de los otros, no levanto la cabeza, no quiero que lo noten. De reojo veo las casas, son todas iguales, me pregunto cómo harán para no confundirse. Las calles son anchas, la gente va deprisa y todos parecen seguros de su destino. Ya habrán notado que no soy de aquí; aunque nadie parece de aquí. Dónde vivo enseguida se sabe cuando alguien es nuevo; no saluda, ni mira a los ojos y nosotros observamos con cierto aire de predominio. En realidad, intentamos aparentar confianza, porque a todo el mundo le asusta lo nuevo, esté en un lado o en otro, y sí, también nos dan miedo los desconocidos.

Saco mi móvil del bolsillo en un intento de parecerme a ellos. “Wood Green”, señala Google maps. Ya sé cómo se llama el lugar y me da cierta tranquilidad, aunque no haya cambiado nada y siga aquí, solo en medio de la noche. La afición del ser humano por etiquetarlo todo: siempre es el miedo a lo desconocido.

Echo un vistazo a las noticias, deslizo el dedo por los últimos titulares de la tarde, ya los conozco. Me detengo en un enunciado que me lleva al pasado a pesar de estar escrito en futuro: “WhatsApp dará dos minutos para borrar mensajes enviados”. Lo que más odio de la tecnología es que por muy deprisa que vaya, siempre me llega tarde. Si hace dos semanas hubiese existido esta opción, yo no estaría aquí, y probablemente, ella sí. Las cosas que nos parecen insignificantes pueden cambiarlo todo. Porque en realidad, nada lo es. Ni siquiera yo lo soy, aunque la chica alta que acaba de cruzarse conmigo me haya mirado como si lo fuese.

En el primer segundo después de haberle enviado el mensaje, ya estaba arrepentido. Pero fui yo quien insistió en venir, quien dijo que éramos jóvenes, que podíamos equivocarnos, que incluso debíamos hacerlo. Desde el principio asumí el papel de la inconsciencia, porque a ella le gustaba, y yo quería gustarle. Pero tenía miedo; éramos dos desconocidos en una situación desconocida. Aunque supiésemos la música favorita del otro, algún vergonzoso secreto o el humor con el que nos despertábamos por la mañana. No sabíamos etiquetar lo nuestro, no podíamos vernos sin una pantalla de por medio.

Lo que menos soporto es no poder añorarla. Pensar que una estúpida decisión, en un alarde de fingida valentía, porque me sentía solo aquella tarde, ha acabado con todo; o peor aún, con nada, porque no sé lo que había, por este absurdo requisito de denominar para poder nombrar y así existir. Y ahora ella no existe, porque salió a recogerme al aeropuerto, cruzó un puente y alguien que también tomó una estúpida decisión, le disparó.

He llegado a su casa y pienso si debo entrar. No me conocen, ninguno hablamos del otro con nadie. Siento que aquí yo tampoco existo, entonces ella no habrá tenido que salir a recogerme al aeropuerto, y puede, que cuando vuelva, esté ahí, tras la pantalla.

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Publicado el 31 mayo, 2017 en Blog, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Un relato estupendo. Lleno de madurez y con un ambiente reflexivo que te va llevando suavemente. Me ha encantado esta frase: “La afición del ser humano por etiquetarlo todo: siempre es el miedo a lo desconocido”. Muy bueno en mi opinión.
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