Siesta de colores, de Emilia Martín

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Era la hora de la siesta, las persianas bajadas dejaban entrar poca luz y los sonidos de la calle llegaban amortiguados.

Sus padres dormían en la habitación de al lado. Lo habían acostado a la fuerza para que los dejara descansar. Cerró los ojos y se quedó quieto hasta que su madre, confiada, se marchó del dormitorio.

Jugaba con el caleidoscopio que su hermano había dejado en el suelo. Giraba rápido el juguete colocado en su ojo, se veían flores azules y rojas que se componían y descomponían. Probaba distintas velocidades con su muñeca para disfrutar los cambios cromáticos.

Observó la habitación, con la fortuna de descubrir en la pared cercana a las persianas regueros de luz que interrumpían las sombras.

Enfocó hacia allí su juguete. Las flores azules y rojas, las mariposas; todas estaban atravesadas ahora por trocitos de luz horizontal. ¡Qué divertido era ese juego!

Sin hacer ruido buscó debajo de la cama una caja roja, llena de pequeños y variados juguetes. Rebuscó en su interior y encontró un tesoro de distintos tamaños y colores que estaba dentro de un vaso cerrado: botones. Había uno rojo grande, uno negro liso, uno dorado del traje de comunión, y otros más pequeños y menos interesantes.

Pensó cómo ampliar el juego silencioso. Colocó el botón dorado en el visor del caleidoscopio, sujetándolo con un dedo. ¡Era el sol! Con la otra mano eligió el botón rojo y lo pegó a uno negro, los unió a la escena. Ahora el jardín tenía una mariquita que buscaba su hueco entre las flores.

Los botones se escurrieron de las manos de Javier y cayeron a la cama. Entonces decidió colocarlos unos encima de otros, uno grande, uno pequeño, para que fueran coches.

La sábana se convirtió en una carretera por donde avanzaban distintos vehículos: rojo grande con blanco encima, marrón chocolate con uno plateado indefinido, negro con gris claro…

Recorrieron toda la pista y quedaron aparcados debajo de la almohada o detrás de una de las manos del rey del juego.

Cansado, nuestro niño cerró los ojos y vio colores que le recordaron primero a los botones, después a las flores y animales celestes que recorrían el jardín del sueño.

Todo se unió y se separó a la vez en su ensoñación, que le hizo sentir momentos plenos de colores mágicos que avanzaban y retrocedían. Sonaba una canción que tarareaba el cangrejo gigante que apareció al fondo.

Una voz lo rompió todo: “¡Ya es hora de levantarse! ¡Arriba, a jugar!”.

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Publicado el 24 julio, 2017 en Blog, Talleres escritura creativa, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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