La rave de las Calaveras, de Fernando Díaz Mondragón

cal

La noche cae sobre el camposanto de San Genaro. El olor de los crisantemos y las lilas inunda el ambiente, cálido todavía para esa época del año.

Es 2 de noviembre, Día de los Muertos: la rave de las Calaveras. Los difuntos, vestidos con sus mejores andrajos, se preparan para su gran fiesta anual. En cada nicho, fuegos fatuos psicodélicos animan el ambiente; música por todos lados, rock cacofónico y death metal a punta pala. Todo es fiesta y desparrame en el cementerio.

Avelino lleva su mortaja recién estrenada. Él hubiera preferido el lino, más elegante y con una mejor caída, en vez de la muselina morena. No haber estado atento a la letra pequeña de su póliza de seguro le obligará a llevar este traje en los próximos años. “Una vez más tenía razón mi madre”, piensa: “hay cosas en las que no merece la pena escatimar. Lo barato, al final, sale caro o decepciona…”. Es su primera fiesta, y el olor envolvente de las flores, la música y el bullicio hacen que la consideración sobre su aspecto pase a un segundo plano. Siguiendo las indicaciones de los luminosos, se dirige al Mausoleum Pub, el último bar de moda en el cementerio.

—¿Qué le pongo? —pregunta el camarero con aire circunspecto, mientras con la bayeta saca brillo a un vaso de tubo.

Avelino, siempre indeciso en situaciones cotidianas como esta, echa un rápido vistazo a la carta. Lo cierto es que nunca le ha gustado beber solo; pero su nueva vida impone nuevas costumbres. Repasa la lista de bebidas, su cerveza favorita no está entre ellas. Lo piensa un instante y finalmente se decide:

—Un sirope de pus con hielo, con dos cubitos nada más; movido, no agitado, como diría James Bond. Y no muy cargadito, que la noche es larga y estoy desentrenado.

Mientras el camarero maniobra con destreza, sin prisa, para preparar su bebida, Avelino pasea su mirada por el bar. Algunos solitarios, de aspecto tristón para estar de fiesta, con la única compañía de sus vasos. La música suena algo estridente para su gusto. Aquella pareja del fondo, y ese otro grupo de amigos que charlan animadamente… De repente, en una esquina de la barra, como si un poderoso imán le atrajera, ve a la mujer de su vida, ¿o sería mejor decir de su muerte?… Se ve que lleva poco tiempo muerta, como él. La poca piel que aún le queda tuvo que ser suave y blanca, claro que ahora lo es todavía más. Su cara, bueno, lo que queda de ella le resulta familiar. Sin más dilación, con paso lento y seguro, se acerca y le pregunta con aplomo:

—Perdona, ¿nos conocemos?
—No sé, ahora que lo dices, tu cara me suena; pero la verdad es que no recuerdo de qué.
—¿Por casualidad tú viajabas en el avión de Málaga a Barcelona el día 20 de septiembre?
—Sí.
—No te preocupes, el sufrimiento ya está olvidado.

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Publicado el 21 mayo, 2018 en Blog, Talleres escritura creativa, Textos de alumnas/os y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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