Archivo del Autor: amordepablo

Yolanda Hernández

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Convencida de que la imaginación es el hilo conductor entre la realidad y nuestros sueños, uso la lectura para vivir otras vidas y la escritura para ordenar mis ideas.

Textos

Tango con mi sombra

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Tango con mi sombra, de Yolanda Hernández

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Foto de Amelia de los Ríos

Aún conservo mi sombra, he perdido tantas cosas en el camino, pero aún la tengo a ella. Me sigue a todas partes; a veces, audaz o juguetona, me adelanta.  Me recuerda quien soy, no cambia aunque yo lo haga, mantiene su forma y color aunque yo ensanche o encanezca. Es mi norte. Es mi sur en las noches de verano en las que, insistente, me saca a pasear.
Ella siempre sabe. Sabe por dónde es cuando yo no sé seguir. Es mi brújula. He perdido tantas batallas, pero mi sombra sigue conmigo, imperturbable, al final de cada una. Me cuenta, sólida, con su figura oscura y bien recortada, que no importa perder una escaramuza, porque la contienda va bien haciendo un cómputo general. Es eficiente, no se distrae, nunca se cansa.
Aún tengo a mi sombra. Juntas, somos fuertes, sola no podría. Ella es la bandera de la caótica y tibia república que es mi identidad. Creedme, cuando estoy contenta, se torna en colores irisados. Ella y yo, aún la tengo.
Es mi puerto, mi mínimo refugio, a ella anclo mis naves cuando la tormenta acecha.
Se ríe conmigo, y de mí, y yo de ella. Nadie entiende mi humor como ella, lleva tanto a mi lado…
Es mi escudo, sabe parar infalible, las flechas de los egoístas, de los furiosos, de los sobrados, de los lobos con piel de cordero, de los demasiado políticamente correctos, de los que van de libres escondiendo sus miserias bajo una fina capa de suficiencia. Me defiende como una leona criando.
Mi sombra, por suerte, aún la llevo. Me gusta cuando baila conmigo, siempre logra que sus movimientos sean más gráciles que mis torpes giros. Me anima a seguir, ejemplo único de constancia.
Cuando todo falla la tengo a ella. Hasta la he oído cantarme nanas en mis insomnios. Es sabia consejera, siempre tiene la respuesta a mis dudas que son tantas…
Ella es bálsamo cuando me duele la vida. Sospecho que duerme conmigo y se lo agradezco en las noches oscuras en las que la mente hace círculos concéntricos con cavilaciones inútiles.
Creedme, hay laberintos de los que sólo ella sabe sacarme y lugares ignotos e invisibles a los que sólo ella me sabe llevar.
Hay paraísos que aún no he perdido qué sólo ella sabe dónde están.
Es mi perro guía, sería un despropósito, una temeridad, caminar sin ella.
Si un día la memoria me falla, volveré la mirada hacia mi espalda y al verla, sabré quién soy, quién solía ser y quién sigo siendo.
Sólo espero que me acompañe hasta el último día.
Mi sombra, mi leal compañera.

Fernando Díaz Mondragón

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Malagueño de nacimiento con alma bereber. Lector incansable e incurable. Se inicia en el arte de escribir, a pesar de su timidez, creando textos que reflejan su agudo sentido del humor “negro/sangre”. Su mayor ilusión es patearse el mundo antes de que el mundo lo patee a él.

Textos

La rave de las Calaveras

 

 

La rave de las Calaveras, de Fernando Díaz Mondragón

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La noche cae sobre el camposanto de San Genaro. El olor de los crisantemos y las lilas inunda el ambiente, cálido todavía para esa época del año.

Es 2 de noviembre, Día de los Muertos: la rave de las Calaveras. Los difuntos, vestidos con sus mejores andrajos, se preparan para su gran fiesta anual. En cada nicho, fuegos fatuos psicodélicos animan el ambiente; música por todos lados, rock cacofónico y death metal a punta pala. Todo es fiesta y desparrame en el cementerio.

Avelino lleva su mortaja recién estrenada. Él hubiera preferido el lino, más elegante y con una mejor caída, en vez de la muselina morena. No haber estado atento a la letra pequeña de su póliza de seguro le obligará a llevar este traje en los próximos años. “Una vez más tenía razón mi madre”, piensa: “hay cosas en las que no merece la pena escatimar. Lo barato, al final, sale caro o decepciona…”. Es su primera fiesta, y el olor envolvente de las flores, la música y el bullicio hacen que la consideración sobre su aspecto pase a un segundo plano. Siguiendo las indicaciones de los luminosos, se dirige al Mausoleum Pub, el último bar de moda en el cementerio.

—¿Qué le pongo? —pregunta el camarero con aire circunspecto, mientras con la bayeta saca brillo a un vaso de tubo.

Avelino, siempre indeciso en situaciones cotidianas como esta, echa un rápido vistazo a la carta. Lo cierto es que nunca le ha gustado beber solo; pero su nueva vida impone nuevas costumbres. Repasa la lista de bebidas, su cerveza favorita no está entre ellas. Lo piensa un instante y finalmente se decide:

—Un sirope de pus con hielo, con dos cubitos nada más; movido, no agitado, como diría James Bond. Y no muy cargadito, que la noche es larga y estoy desentrenado.

Mientras el camarero maniobra con destreza, sin prisa, para preparar su bebida, Avelino pasea su mirada por el bar. Algunos solitarios, de aspecto tristón para estar de fiesta, con la única compañía de sus vasos. La música suena algo estridente para su gusto. Aquella pareja del fondo, y ese otro grupo de amigos que charlan animadamente… De repente, en una esquina de la barra, como si un poderoso imán le atrajera, ve a la mujer de su vida, ¿o sería mejor decir de su muerte?… Se ve que lleva poco tiempo muerta, como él. La poca piel que aún le queda tuvo que ser suave y blanca, claro que ahora lo es todavía más. Su cara, bueno, lo que queda de ella le resulta familiar. Sin más dilación, con paso lento y seguro, se acerca y le pregunta con aplomo:

—Perdona, ¿nos conocemos?
—No sé, ahora que lo dices, tu cara me suena; pero la verdad es que no recuerdo de qué.
—¿Por casualidad tú viajabas en el avión de Málaga a Barcelona el día 20 de septiembre?
—Sí.
—No te preocupes, el sufrimiento ya está olvidado.