Archivo del Autor: Moisés Vallejo

Píldoras musicales (I). Mahler – Rückert: Arcano es todo, menos nuestro dolor

Friedrich_Rückert.

Retrato de F. Rückert realizado por Gemälde von B. Semptner en 1876 (diez años despúes de la muerte del poeta).

En 1833, el poeta alemán Friedrich Rückert perdió a sus dos hijos menores. Los pequeños, un niño y la única niña de la familia, murieron de escarlatina con apenas quince días de diferencia. Durante los seis meses siguientes, el poeta escribió cuatrocientos veinticinco poemas (no, el número no es erróneo: cuatrocientos veinticinco poemas en seis meses) a modo de duelo personal con el que, más que entender o expresar su dolor, necesitaba desesperadamente contárselo a sus propios hijos. No tenía ninguna intención de publicarlos, simplemente los guardaba en un cajón; fue su esposa, una vez fallecido Rückert, quien entregó los poemas a su editor, que los publicó bajo el titulo de Kindertotenlieder (Canciones a los niños muertos).

En 1904, Gustav Mahler compuso un ciclo de lieder (poemas musicados para voz y acompañamiento, en este caso una orquesta) tomando cinco de los poemas de Rückert. Para ello, Mahler se sirvió del idioma posromántico y su juego extremo de texturas, colores y estructuras, que resquebrajaría los puntos de unión con toda la tradición musical anterior (y será el punto de partida de toda la experimentación musical que vivirá el siglo XX).

El tercer lied está construido en torno al poema Wenn dein Mütterlein (Cuando tu madre…), describiendo un instante trivial (como tantos otros de la rutina diaria) que se torna horrible ante la ausencia de esa niña pequeña.

Cuando tu madre

viene hacia la puerta

y giro la cabeza

para observarla,

mi mirada no se dirige

primero hacia su rostro,

sino al lugar, cerca del umbral,

donde tu carita solía asomarse.

Cuando tú, radiante de alegría,

entrabas también, mi hijita.

emil_orlik_gustav_mahler_1902.jpg

Detalle del Retrato de Gustav Mahler, de Emil Orlik (Viena, 1902)

El lied comienza con un juego de voces bellísimo (que tiene varias conexiones con la obra de Bach, uno de los compositores que mejor ha sabido musicar el dolor; pero eso lo dejaremos para otro día…) entre instrumentos de viento: oboe, corno inglés, flautas y fagot. Sobre esa conversación va a apoyarse el barítono cuando entre con el texto. Sin embargo, a pesar de la belleza, la canción nos suena ligeramente siniestra: Mahler no usa la familia de cuerdas.

Por tradición, las cuerdas son la base de la orquesta sinfónica: el violín lleva la melodía, la viola lo acompaña, el cello y el contrabajo se encargan de los graves. El resto de familias (vientos y percusión) toman a veces el protagonismo, pero por lo general adornan y complementan a las cuerdas. Una orquesta sin violines ya le resulta extraño a nuestro oído, aunque sea de manera inconsciente; Mahler decide subrayar esa falta al prescindir de toda la la familia. Sólo conserva los cellos para la base de los graves, y las violas aparecen momentáneamente cuando el poema habla directamente con la niña, como si quisieran señalarnos a la personita a la que guardan luto con su silencio, sus arcos quietos y sus instrumentos bajados. ¡Oh, tú, pedacito de tu padre! / ¡Qué pronto se ha extinguido mi alegría!

Al eliminar de la orquesta aquellos sonidos que conforman su centro, Mahler está creando también una ausencia musical. Y obliga a los instrumentos de viento, de sonidos y colores más oscuros, a sustentar la música.

Cuatro años después de escribir el ciclo Kindertotenlieder, Mahler perdió a su hija María, de tres años, también de escarlatina. El compositor siempre se sintió culpable y fue una de las causas de la depresión que sufrió durante sus últimos años de vida. Creía que, al haberse puesto en el lugar de un padre que pierde un hijo, había bromeado con el Destino, que se había tomado la revancha.

Leonard Bernstein (uno de los directores que mejor ha entendido a Mahler, siendo sus grabaciones de la obra del compositor un verdadero referente), a cargo de la Filarmónica de Viena y con Thomas Hampson como solista, interpretan la pieza:

(El verso del título de esta entrada pertenece al poema Último canto de Safo, de Giacomo Leopardi).

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