Carmen Ventura

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Soy dolorosamente consciente de cada uno de tus movimientos, cómo mueves la nariz en algo que parece una mueca, cómo te recoges el mechón de pelo que se empeña en escaparse del agarre de tu oreja. Esa oreja delicada, perfecta, quién fuera para poder tocarla.
Y día tras día entras al café justo cuando yo estoy a punto de terminar el turno y tengo que prestar atención al balance de la caja. Pero ese día es distinto, ese día mi relevo se retrasa y tengo por fin la oportunidad de intercambiar unas palabras contigo.

Textos
El gato maúlla
Sintonizando
Simples extraños

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