Marga Dorao

Cecilio

La Reina llevaba días encerrada en sus aposentos sin probar bocado. No quería ver a nadie, ni siquiera a mí, su bufón, su inseparable fábrica de buenos ánimos cuando todo parecía perdido.

Nadie sabía qué le pasaba y no se oía ni un sólo sonido salir de la estancia. Una noche llegué a temer que hubiera fallecido y, alarmado, pegué mi oído a las gruesas puertas de madera.

Tras varias horas atento, escuché el crujir de su sedosa almohada. Pude imaginármela cambiando de postura en su enorme cama, dentro de la cuál ella no parecía más que una diminuta muñeca de papel.

Suspiré aliviado y ya no volví a separarme de la entrada.

Pasaron los meses y la Reina no salía. Podía oírla dando zancadas por el suelo de mármol, pero de su boca no salía ni un sólo sonido. Un buen día, el mayordomo mayor se sentó frente a mí junto a las puertas y permanecimos ahí, frente a frente, sin mediar palabra. De madrugada, escuché un quejido y desperté a mi acompañante que, sobresaltado, me preguntó qué pasaba.

-¿No oyes? La Reina está llorando.
-Es cierto -dijo él-. Ve a ver qué le ocurre y si no es grave consuélala, y si lo es, ven a llamarme e iremos en su ayuda.

Me tendió la llave maestra e irrumpí en la habitación. Encontré a la Reina tendida en la cama retorciéndose de risa; tan grandes eran sus carcajadas que parecían sollozos.

-Majestad, ¿qué le ocurre? ¿está usted bien, mi Señora?
-Ay, mi querido Cecilio, ¿cómo no estar bien? Justo me estaba acordando de ese chiste tan malo que cuentas siempre, el del hombre que tenía tan mala suerte que se arrojó al vacío y lo encontró lleno -respondió la Reina sin poder parar de reír.

Sin saber qué hacer al principio, pronto me encontré retorciéndome de risa junto a ella; ambos con lágrimas en los ojos. Al aplacarse las carcajadas, la Reina me miró y me dijo:

-Cecilio, ¿quieres casarte conmigo?

Nos miramos fijamente y, sin poderlo evitar, volvimos a reír a carcajadas tan estruendosas que se oyeron en todas y cada una de las estancias del Palacio.

A partir de ese día, la Reina nunca volvió a estar triste.

Textos
Radia
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