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Wood green, de Elisabeth Luque

Paseo confuso y algo perdido. Miro mis zapatos mientras tanto. El lugar es nuevo, estoy asustado. Observo los pies de los otros, no levanto la cabeza, no quiero que lo noten. De reojo veo las casas, son todas iguales, me pregunto cómo harán para no confundirse. Las calles son anchas, la gente va deprisa y todos parecen seguros de su destino. Ya habrán notado que no soy de aquí; aunque nadie parece de aquí. Dónde vivo enseguida se sabe cuando alguien es nuevo; no saluda, ni mira a los ojos y nosotros observamos con cierto aire de predominio. En realidad, intentamos aparentar confianza, porque a todo el mundo le asusta lo nuevo, esté en un lado o en otro, y sí, también nos dan miedo los desconocidos.

Saco mi móvil del bolsillo en un intento de parecerme a ellos. “Wood Green”, señala Google maps. Ya sé cómo se llama el lugar y me da cierta tranquilidad, aunque no haya cambiado nada y siga aquí, solo en medio de la noche. La afición del ser humano por etiquetarlo todo: siempre es el miedo a lo desconocido.

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Delirio estacional, de Elisabeth Luque

primavera

El sol comienza a invadir nuestros cuerpos, que poco a poco despiertan del invierno. Los olores se vuelven más intensos y las tardes más naranjas. Pasamos por una progresión de blanco y negro a color. El calor parece desorientarnos y los cuerpos se excitan. En los momentos de ascenso emocional el pudor vuela y empezamos a sentirnos más cómodos desnudos, porque la naturaleza no entiende de tapujos. Nos llegan a la cabeza nuevos horizontes que con el cielo despejado parecen más cercanos y alcanzables.

En muchos momentos nos vemos obligados a luchar contra la intranquilidad de nuestras cabezas, porque la química sobrevuela el ambiente y la física los cuerpos. Sacamos las bocas al viento sin saber que inhalamos un aire adulterado, corrompido por dosis demasiado altas de adrenalina. Los glóbulos rojos colapsan las arterias y al chocar entran en ebullición. Por eso las pieles enrojecen desprendiendo un vapor que alimenta voluntades ajenas. Pero nada nos sacia y aguardamos una luna que no sofoca, sino que enciende más y mejor.

La naturaleza se encuentra en su punto más álgido, la materia lo siente y hasta el más mínimo organismo comprende el sentido de la existencia. Tan solo nos queda desplegarnos ante ella, desarrollarnos, hasta dejar que el estío venga a calmarnos. Esa es su misión: agotarnos, prepararnos para el anestesiante sueño que es el invierno. Porque al final, ella es la vida, el rojo en las venas, el dolor que cura y el verde que alimenta: bienvenida primavera.