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Un cuento corriente, de José Luis Rosas Guerrero

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Había una vez.

En lo profundo de un lejano y muy escuálido bosque ─tan lejano de la ciudad como que no llega ni la EMT y tan profundo como que no hay ni una tienda de alimentación china, en ese remoto paraje, en una choza destartalada, vive una familia monoparental. Un hombre y su hija moran ahí. Según le contó su padre a la hija, la madre había muerto por darle vida a ella, lo que por ser mentira piadosa no deja de ser mentira, la verdad es que se había fugado con un repartidor de UPS, que se extravió una vez y las demás se extraviaba porque quería. El día que se fugó, el padre ─que era leñador─ se encontraba ausente en sus labores. Y la última vez que la niña vio a su madre, que era muy bella, fue a través del hueco que hacía de ventana: la vio subirse al camión repartidor cargada con un hatillo de ropa y marcharse sin mirar atrás. La niña tenía los ojos llenos de lágrimas porque estaba resfriada, no por pena. Por aquel entonces, la niña contaba once años. Era una princesa, por lo menos eso decía su padre: Eres una princesa. Eso sí se lo creía ella.

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La conspiración Mozart, de José Luis Rosas Guerrero

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Paseo a la perra cuando se le ocurre a ella, hoy después de Navidad, salimos antes de las siete. Le gusta oler todo, se detiene brusca a oliscar una bolsa o lo que le parece, ya nos conocemos y la paciencia es el tercero del grupo  y nuestro devaneo nos lleva a cruzar la plaza Mozart, bonita plaza con parterres desiguales donde la gente se sienta en las tardes soleadas, hoy es diferente, la perra gruñe y no hay nadie, estamos solos, no hay otro perro ni gente. Los barrenderos no han pasado, hay mucho papel y envases.
Sobre el parterre del sur hay una maleta negra de tamaño cabina, acostada y abandonada.
La perra le ladra y quiere irsele encima, ulula y ha metido la cola entre la patas y plegado las orejas. Esta en posición de agresión.
Logro sujetarla y busco mi móvil en la chaqueta, me lo he dejado en casa. Desde allí llamo al 112, infinidad de preguntas hasta casi olvidar el motivo de la llamada y finalmente me dicen: Gracias por su aviso, avisaremos a los servicios. Son las 7:17 del veintiséis de diciembre.
Salgo a comprar pan y paso por la lotería frente a la plaza. La maleta sigue allí, pero ahora rezuma un líquido, hay gente cruzando y pasa cerca sin mirarla.
Son las 8:25.
Compro el pan bromeo un rato con los panaderos y al volver a pasar por la plaza a las 8:32 un coche blanco particular que ha dado dos veces la vuelta a ella se detiene y sale un policía con chaleco antibalas y se acerca lento a la maleta, yo me he detenido, él la mira desde diversos ángulos y extiende su mano, no había visto la caja rectangular que lleva, la pasa por encima, parece satisfecho. Habla a su radio pegado al cuello y de un furgón blanco que no me había dado cuenta que estaba aparcado bajan tres personas y sacan un cajón con ruedas, se acercan e introducen la maleta dentro, lo cierran y se suben al furgón,  ya el policía ni el coche blanco están, el furgón también se va, sin prisa.
Son las 8:35.

La pluma, de José Luis Rosas Guerrero

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La escritura fluía fácil, la sentía deslizar de su pensamiento al papel, una pluma rosada le hacía casi dibujar las letras en el papel, se sentía muy cómodo.

¿De donde has sacado esa pluma rosada con la que escribes? ―Preguntó como al desgaire su esposa mientras pasaba el plumero sobre los libros y papeles, haciendo perder la concentración a su marido.― Que yo sepa aquí nunca hemos tenido plumas rosadas.

Ah, ¿Dices esto? ―La pluma que hacía un momento era tan cómoda en ese momento parecía un escorpión a punto de picarle.

No veo otra, ¿Quién te la ha dado? ―La señaló con la punta del plumero que a él se le antojó una lanza.

Fue el regalo de unas amigas, pero ya hace tiempo que me la dieron. Justo te la iba a mostrar.

¿Un regalo, amigas y justo me la ibas a mostrar? Las plumas rosadas son sólo de los flamencos, en este caso serán flamencas y nadie regala plumas al menos es lo que pienso, yo no las regalaría ― Le dio la espalda y usando el plumero como una espada siguió levantando polvo de todas partes.

Querida, déjame explicarte.

No quiero oir nada más, estoy muy furiosa ―Diciendo esto tiró el plumero al suelo junto con el delantal y corrió hacia la ventana y saltó: extendió las alas, recogió las largas patas y voló hasta el cercano campanario donde se aposentó en un nido. 

Su marido alisó las plumas de su cabeza de cigüeña y miró pensativo la pluma rosada.

La ciudad, de José Luis Rosas Guerrero

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Estoy sentado esperando en un cuchitril de mesas y sillas desavenidas, con un suelo lleno de colillas, papeles, serrín y vaya a saber que más, con un par de ventiladores de techo sin encender y con cuadros en las paredes que son páginas de revistas desvaídas por el tiempo y enmarcadas con vidrios, que al igual que el espejo de la barra desconchado en sus extremos y manchas amarillentas, están sucios de polvo y grasa y cagadas de moscas, el olor a carne de cordero impregna todo, junto al olor dulzón de la hierbabuena caliente dentro de los vasos de un té excesivamente dulce, que prepara indolente el muchacho de la barra.

Ubicado casi al lado del hotel, fue fácil llegar aquí, los guardianes de la agencia de viajes listos para protegernos de agresiones o robos, a esta hora deben estar dormidos. Suponen que los occidentales siempre nos levantamos tarde. Cuando se levanten todos, ya estaré allí. Ayer cuando hablé por teléfono con Akrim, me citó en este café donde no sirven café, así que hay un té casi intacto delante mio dejando escapar sus volutas de vapor. Fuera el clima está fresco, más tarde, el calor arrasará.

Entra un hombre joven y busca alrededor entre los escasos clientes sentados, me detecta de inmediato, pese a que no me he rasurado y tengo puesta una camisa anodina y barata que compré ayer en el Zoco. Se sienta frente a mí.

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