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Flores de papel, de Silvana Centurión

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Construíamos calas artesanales, usando el cilindro restante del papel higiénico.
Así comenzó nuestra historia, días de amigos y sueños; éramos unos cuantos, quince o más, algunos padres también ayudaban.
En aquel concurso sacamos el tercer premio a la mejor carroza primaveral.
Nuestro romance duró lo que duró el concurso poco y nada.
Será que nuestra adolescencia jugó con nuestros tiempos; al principio todo era genial… música, chocolates y besos…
De un día para otro aquella performance deliciosa, se esfumó.
Cuando nuestra mejor amiga comenzó a ver lo increíble que tu eras.
Así que fue por ti y yo me quedé con aquella primavera.

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Hay un destello, de Silvana Centurión

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Hay un destello agazapado en tus pupilas verdes de ilusión temprana; con él, desvalijas un altillo imaginario donde confiado esperas al ritmo de tus imágenes: un amanecer tuyo, silencioso, en espera de arrebatar el segundo exacto con tus garras sonoras, estampado en un lienzo de tu sala.
(Llámese esperanza juvenil o mucha imaginación).

Chanson de París, de Silvana Centurión

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Creer y soñar.
Soñar con París, como una niña fantasiosa,
con sus calles, casas y cosas.
Creer que la vida es bella, transformar lo malo en bueno.
Dejar atrás la muerte y el horror de tanta mala suerte.
Enterrar las amarguras, gozar del amanecer;
Aunque la noche sea una locura,
Aunque la noche sea dejar
que un jazz improvise mis sueños
Li ra la ri la…
Borrar las notas que desafinan mi partitura.
Creer y soñar no tiene precio,
tampoco dueño.

Los tres pericos, de Silvana Centurión

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Pepe Uno

Esta noche quiere estar guapa; hace mucho tiempo que no ve a Sofía y sus hermanas. Mientras Milena mantiene un forcejeo con su vestido frente al espejo, sus recuerdos aterrizan en aquel noviembre de mil novecientos ochenta y dos, época de su adolescencia.

-¡Hola!, exclama Milena al entrar en la cocina de Sofía.

Atraído por la charla que mantienen las chicas, Pepe, que está sobre la nevera, salta y posa sus garras en el hombro de Milena y le asusta de tal manera que ésta coge al intruso animal y de un manotazo, lo da contra el suelo. El loro muere.

-Has matado el perico de mis hermanas.

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Invierno, de Silvana Centurión

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Estamos en invierno, lo sé.
Por el termómetro de mi nariz que se ha puesto roja,
los charcos escarchados
y el aire gélido que sopla fuerte
balanceando los árboles:
danzan entre sí, silban y crujen.

Estamos en invierno, lo sé.
Puedo comprobarlo en mis paseos matinales;
se manifiesta a través de dibujos en forma de nubes que se disipan en el aire
diseñados por el movimiento de mis labios.
¡Invierno! Rudo, frío que por las noches se agiganta
aprovechando la pronta ausencia de su mayor combatiente,
el caballero caliente:¡Don sol!

Lágrimas de un jarrón, de Silvana Centurión

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“Perlas para los cerdos” fue la última película que Marina y José vieron juntos. Era de esas pelis que provocan tu corazón y este acaricia tu camisa; salieron del cine intoxicados por tanta emoción, vomitando sus sentimientos. Fueron a un rincón reservado, mesa para dos que sirvió de confesionario.

-Lo siento, bonita.
-Dime un porqué.

Él, en su mejor estado de expresión logró qué Marina comprendiera su inexplicable adiós: un anticuario entra en una tienda encuentra un jarrón especial; cuando lo tiene en sus manos enloquece por una cafetera. Su elección es la cafetera.

Esa noche, Marina regresó sola a su cuarto y lloró por ser el jarrón. Lloró por no ser la cafetera.

(ilustración de la autora)

Más café en tu café, de Silvana Centurión

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Casualmente me encuentro andando por las calles de Madrid -frente al Museo Reina Sofía para ser más exacta- y descubro ese lugar dónde todos querríamos tomarnos un café; con grandes vidrieras para ver la gente pasar, sillas y sillones a elección, super cómodos, como si estuviesen diseñados por los clientes. Música de Richard Clayderman de fondo y otros autores de ese estilo que además de escribir me provoca tocar el piano (con el inconveniente de que no hay piano y que tampoco lo sé tocar). Hasta las paredes están a tono pintadas con los mismísimos granos de café.

Al traerme el pedido un chico simpático y movedizo que trabaja en aquel lugar, supe a que se refería el cartel de la puerta: aquello era la abundancia en una taza. Miro a mi alrededor y se ven todos felices y sé porqué… Yo también lo estoy, habíamos encontrado un sitio deliciosamente ideal; a esta altura de mi trance emocional me veo bailando ballet y seguramente en un rato estaré pintando un cuadro.

¡No! No he fumado nada ni tampoco tengo tres copas de más.

Porque hay cosas, lugares y momentos que realzan el espíritu y dan rienda suelta a la imaginación.

18:30 me voy a Atocha, mi tren no espera.

Cuanto me cobraron el café no importa: cuarenta minutos de placer tienen su precio.

Lo pagas con gracia y sin lamentos.

(Fotografía de la autora)

Las zapatillas nuevas, de Silvana Centurión

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Desde pequeña me ha gustado correr. Aún recuerdo mis primeras zapatillas nuevas; en mis quince años, mis padres se la veían de colores para festejar mi cumple: celebrarlo con una fiesta majestuosa  y vestirte de princesa por un día era casi una obligación, con la teoría de que dejas de ser adolescente y pasas a ser mujer. Yo odiaba eso, así que pacté con mis padres la fiesta que era imposible en ese momento de celebrar, ya que estábamos en un estado llamado  “carencia”: carencia de ropa, comida, de todo lo que se comprara con el vil metal.
El trato era liberador para ellos y gratificante para mi, era absurdo gastar un dineral que no teníamos: no era lógico.
-Trato hecho, ve a la tienda  y escoge las zapatillas que tanto quieres.
Aquella imagen no sé me borrará jamás, mis hermosa deportivas blancas, mi pasión por correr era más fuerte que una vanidosa fiesta hipócrita, así que calcé mis zapatillas y eché a correr libre de estúpidos propósitos y costumbres humanas.

(Ilustración de Augusto López)

Neco, de Silvana Centurión

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La puerta de la habitación está entornada. Ella busca su sombra, lo ve; se le aparece a menudo.

Marina sale desde muy temprano a trabajar , por lo general come en la calle, comida chatarra. Al regresar de su trabajo, tarde ya, se quita la ropa oscura y elegante, se pone cómoda con su bata larga, todo estaría magnífico si no fuera por su perturbador visitante.
Los fines de semana coge sus lienzos y se va a los jardines  en busca de inspiración; pero al caer la noche no le queda otra que regresar a su oscura y húmeda habitación. Su piso es pequeño, con poca luz, decorado con algunos de sus pintorescos cuadros. No alcanza para alegrar el ambiente: piensa en cambiar las bombillas y también las lámparas.

La presencia de aquel animal negro le  tenía atormentada: una noche Marina se despierta, asustada, mojada en sudor. Se sienta en la cama: su sueño parecía real, tal vez era una visión. Él estaba ahí, sus ojos brillantes como dos canicas: el gato negro saltó por la ventana y subió a la cama; ella encendió la luz, miró a su entorno y todo estaba en su lugar, la ventana cerrada… pero el gato parecía real.

Marina quiso terminar con aquella pesadilla: bajó a la biblioteca y buscó historias sobre pesadillas, sueños con gatos y sombras.
En unos de los libros comentaba que soñar con sombras era el mal que te perseguía. Encontró muchos libros “El hombre de capa negra”, “La mano negra”, “Sueños de gatos“, “Los colores y su significado”; Marina llegó a pensar que el gato era un embrujo de aquel lugar.

Así qué buscó un nuevo piso con luz,  ¡con mucha luz! Compró un abrigo rojo y un vestido azul eléctrico. En su nueva cocina, comenzó a descubrir el arte culinario, hasta un delantal de lunares rosa vistió por las noches. Su nuevo piso olía a pino y canela, ella había recuperado la paz pero se sentía sola; necesitaba compartir con alguien aquel giro bonito de su vida.

Al ir al trabajo una mañana se encontró con él, escondido bajo el coche: pequeño, indefenso y de hermoso pelaje, fue así que conoció a su compañero de piso al que llamó Neco, que significa gato en japonés.

(ilustración de la autora).

Cuéntame, de Silvana Centurión

CuéntameSilvana

Cuéntame
qué misterio oculta tu muerte.
Hemos visto tu frágil cuerpo, inmóvil con cierta flacidez,
iluminado por los destellos de un flash que captan tu irremediable despedida;
han cortado tu respiración pero no tus alas,
han bañado tus ilusiones de oscuridad, sellaron tus labios con su maldad.
Ya no sonríes ya no juegas ni sueñas; las melodías tocadas ya no suenan.
¡Cuéntame!
¿Quiénes son los culpables?

(ilustración de la autora).